Un día, un joven Caballero de la Coletilla recibió de manos de su Mariposa Capitana una luz. Esa luz provenía de una semilla, una semilla que haría crecer unas alas. Probablemente, ella se las habría cedido como su legado particular. Mientras las alas de la Mariposa se apagaban, las alas del Caballero empezarían a crecer. Esperaba que fuesen tan radiantes como lo fueron esas alas coloridas, ahora debilitadas. Esa semilla era la Pedagogía. Una carrera de conocimiento que empezó hace ya cuatro años para hacer crecer sus alas de la misma manera que crecen las plantas. Porque la Pedagogía consiste en germinar luz en otros, aprendices de la vida.
Cuatro años después, el Caballero intentaba volar, pero sabía que aún no podía, que sus alas eran cortas y débiles. Sentía que la carrera no había conseguido hacer crecer esas alas, y estaba muy decepcionado consigo mismo. Sin embargo, se dio cuenta de que nunca había hecho diagnóstico de cómo estaban sus alas realmente. Así que dejó de intentar volar, descansó, y se miró al espejo para observar cómo eran sus alas cuando no las estaba forzando. Encontró que sus alas eran... muy brillantes. Cortas, efectivamente. Entonces, ¿cómo podían ser tan radiantes? La luz que emitía el Caballero no provenía de sus alas, sino de su interior. De sus valores, de sus victorias como guerrero. Entendió así que la Educación no solo es una ciencia, como últimamente les gusta considerarla desde Pedagogía, sino que tiene un importante componente experiencial. La educación debe enseñar a vivir, y a vivir se aprende viviendo, por lo que se debe enseñar a aprender, para poder vivir viviendo.
La ciencia de la educación... Desde luego reúne algunas propiedades de la ciencia, pero es difícil considerarla como exacta y medible. La Pedagogía no consiste en un elemento rígido con unas pautas que delimitan el sentido de la educación y la forma definitiva de hacerlo. No se puede implementar una metodología siempre efectiva porque los resultados correctos pueden variar. La Pedagogía es flexible, debido a que es un elemento intrínseco de la sociedad, otro elemento flexible. Así como la sociedad cambia, la Pedagogía también está sometida a cambios. Así como en determinados momentos de la historia existían unos intereses y valores sociopolíticos y en la actualidad existen otros, dichos intereses y valores son los que determinan qué tipo de educación se va a impartir y qué resultados se esperan.
En la Edad Media, los intereses eran de sometimiento. La sociedad estaba completamente estamentada en gente rica y gente trabajadora, y era más sencillo mantenerse así. La religión se empleaba como método represor de miedo a lo desconocido, al castigo divino por no seguir la obediencia. Progresivamente se han conseguido numerosos avances. A través de una correcta educación, una persona trabajadora puede alcanzar ciertos privilegios. Y sin una educación correcta, una persona privilegiada puede malgastar sus riquezas. No se tienen en cuenta cambios producidos por el azar. Sin embargo, un análisis sociológico en profundidad debería hacerse para contemplar si han cambiado tanto los valores de la sociedad actual con respecto a las anteriores. O, ¿tal vez estemos teniendo una regresión súbita? Una fuerza contraria a la dirección que en el siglo anterior se tenía, que está recuperando con ansia la sociedad dividida y polarizada.
La Pedagogía, o Ciencia de la Educación, se está quedando obsoleta en un mundo al servicio de la inmediatez y la tecnología. Se vuelve cada vez más difícil promover la cultura del esfuerzo en una sociedad cuyo objetivo es facilitar la vida lo máximo posible y dedicar todo el esfuerzo a un trabajo de fábrica o servicio en lugar de emprender un proyecto. Así, los grandes comerciantes y empresarios cubren su abastecimiento con puestos de trabajo baratos ganan dinero haciendo que otros trabajadores consuman sus productos porque facilitan más la vida para poder dedicarla al trabajo; con la promesa de que el dinero es lo más importante para poder vivir en una sociedad en la que los precios cada vez ascienden más sin poder hacer nada para ello. Mientras tanto, la pequeña empresa se asfixia porque no puede competir con el abaratamiento de los productos de una gran empresa.
Complementariamente, la Escuela se está volviendo cada vez más y más instrumental, sin un valor experiencial que aleja al fenómeno impartido de la educación y lo acerca más a la instrucción. Mientras que el enfoque actual de la Pedagogía es que cada persona extraiga su máximo potencial y encuentre su lugar más adecuado, el enfoque de la Escuela actual es que cada persona avance y obtenga la máxima calificación posible. Se clasifica a las personas por su valor, estableciendo unos filtros de calidad sin los que difícilmente serías reconocido como persona útil para la sociedad, y se facilita a las personas que no llegan a los mínimos establecidos a obtener esas altas calificaciones para superar esos filtros, al menos, los mínimos. La Escuela debería ser el lugar donde se ejerce la Educación, y la Pedagogía, la ciencia que da razón a este fenómeno; así como el Magisterio proporciona herramientas y el ámbito de la Orientación es intentar hacer de la educación una experiencia lo más pedagógica posible. Y aquí es donde comienza el problema.
La Pedagogía y la Escuela actual resultaban bastante contradictorias. Se pretende integrar la idea de la Pedagogía actual en la ideología de las Escuelas actuales: extraer el máximo potencial posible de cada persona, y que este potencial sea lo más cercano a la máxima calificación para asegurar mejores oportunidades. Así, se pretende conseguir una población inteligente y educada, capaz de alcanzar las metas que se propongan. En teoría. En la práctica, se logra una estandarización de los resultados debido a que la inversión de recursos acaba siendo mayor en las personas que presentan más dificultades para alcanzar esas notas más elevadas. El problema quizá no está en esas personas, sino en qué representan esas notas. Representa un esfuerzo memorístico, pero ¿representa un aprendizaje? El Magisterio sirve precisamente para asegurarse de ello, pero se necesita entender por qué educar para saber cómo educar. ¿Qué contenidos son realmente más útiles y necesarios para la vida cotidiana? ¿Se podría prescindir de gran parte del contenido en primaria y secundaria, o es realmente relevante de cara a un futuro universitario y profesional(izante)? ¿Todas las personas quieren lo mismo; todas las personas necesitan lo mismo? ¿Son justos esos filtros? Estas dudas son el ámbito de la Orientación. La manera de afrontar las dificultades en el proceso educativo las afronta la Orientación, quien da las pautas para pulir las herramientas del maestro o profesor ante las situaciones en las que hay una dificultad.
Pero, seamos realistas. En la situación actual, las dificultades de un profesional de la educación son imposibles de solventar sin un sacrificio que supera con creces el tiempo de trabajo. Un orientador no es suficiente para abarcar la enorme diversidad que se puede encontrar en un centro. Tampoco puede atender al alumnado si la mayor parte de su tiempo está realizando trámites burocráticos. Ahora que con la tecnología es mucho más fácil almacenar datos, no se es consciente de la cantidad de espacio que ocuparía esto, ni se percibe el tiempo que se tarda en llenarlo. ¿Cuándo se volvió la orientación un servicio tan coartado por la burocracia? Tampoco se trata directamente con el alumnado con frecuencia, pues de dar clase se encarga el profesorado; será el profesorado quien aplique las medidas de adaptación hechas por la orientación. Ya es difícil asumir que tienes una inconmensurable carga de trabajo, es más duro tener que aceptar que hay tantas cosas que deberían cambiar que a veces no eres suficiente, y puede ser aún más duro asumir que hay profesorado y familias que no colaborarán. Hay casos a los que se ayudará bastante, pero los casos más complejos quedan fuera del alcance de la disponibilidad que permite este puesto. Los maestros y profesores están desbordados con tanto alumnado en sus clases, siendo a veces muy complicado mantener los niveles de ruido y atención en lugares óptimos. Además, con cada legislación educativa, deben replantear el contenido de sus unidades didácticas, ya que cambian los objetivos mínimos. Asimismo, deben actualizar constantemente su formación sobre cómo educar a personas con determinadas dificultades. Si quisieran atender a todas las necesidades que les presenta el alumnado, deben estar disponibles para ser contactados fuera del horario lectivo. Hay una tendencia actualmente, que es ceder el contacto personal. Yo, esto, no lo entiendo. El profesorado también merece descansar...
Desde luego, la calidad de su formación deja mucho que desear. Sin una formación del sector educativo adecuada, no podemos pedir una mejor educación. No podemos pedir todas esas estrategias, todo ese esfuerzo, esa voluntad de ser profesores y de implicarse en su misión... Y habría que echar un vistazo a la calidad de las facultades de educación. Si dentro de las mismas hay profesorado que no respeta al alumnado, que a veces es irreverente y que es intransigente con las dificultades de aprendizaje o de salud mental o física; que a veces no sabe evaluar si no es con un examen y que a veces mandan tareas como si su asignatura fuese la única; que obligan a la asistencia porque saben que no tienen nada valioso que contar, porque es información muy repetitiva y desconectada de la realidad de la educación; que en vez de colaborar en los proyectos e investigaciones, compiten entre ellos como si tuviesen algo que demostrar... En fin, es duro saber todo esto. Pero, qué se puede hacer si cada vez menos gente concibe la universidad como una opción de trabajo. ¿Tiene que existir acaso una formación de estos formadores de formadores? Es absurdo. En sus manos se debe depositar todo el poder. Pero lo cierto es, que este profesorado se encuentra realmente indefenso ante un poder mayor: el político.
He hecho ya alusión a los recursos. Al menos, en el territorio que me circunscribe, los recursos son muy insuficientes. El Reino de Madrid parece estar sometido a una serie de normas distintas a las del resto de territorios, como si fuese completamente autosuficiente y muy poderoso. Como si su población fuesen todos adinerados. Así, se está sometiendo a todo lo público a una asfixia, y se invierte más en la potencia privada. Esto no es una opinión política, sino un hecho que se hace mucho más evidente en las universidades públicas de Madrid y, especialmente en la mía, la Universidad Complutense. Este templo del saber, abierto durante más de 800 años y siendo uno de los más prestigiosos de España por sus numerosas contribuciones a la ciencia, ha resistido etapas de la historia muy diferentes. Pero, sin embargo, actualmente está al borde de la quiebra. Probablemente hayan numerosas malas decisiones detrás de esta situación, pero no se puede negar que la inversión que recibe es insuficiente incluso intentando gestionar de manera correcta el presupuesto recibido. Siendo la Facultad de Educación una de las más grandes de este templo, los efectos se hacen más notorios, con falta de profesorado al inicio de curso, instalaciones mal cuidadas, falta de inversión en investigación... Y, en estas condiciones, el profesorado está muy descontento. Normal que algunos siquiera se quieran esforzar...
La Política debería remar más a favor y dejar de ser un obstáculo para la Pedagogía. Tal vez se podría conseguir esa educación ambiciosa que se pretende con una mucho mayor inversión. En cambio, se habla de que en los centros privados se puede ofrecer una mejor atención específica, debido a que se puede decidir cuánto y en qué se va a hacer la inversión económica. Y es una pena que pensemos así en lugar de darnos cuenta de que la verdadera educación no debería necesitar de un sistema de herramientas o de test de diagnóstico, carísimos todos por cierto, para que los niños aprendan mejor lo que pretendemos que aprendan. En lugar de obligar a impartir tantos contenidos mínimos que siquiera han sido pensados por pedagogos sino por políticos, se debería apostar por una educación más libre, basada en el juego y el descubrimiento, y con unos contenidos acordes a lo que cada alumno puede ofrecer.
Si un niño tiene una dificultad para aprender cálculo, en vez de obligarle a aprender cálculo y pedirle que siga avanzando para realizar geometría, ecuaciones, y tener que realizarle constantemente adaptaciones para que vaya aprendiendo, ¿por qué no se le entrena para que aprenda su propio método para calcular? ¿Por qué el cálculo no se integra en su vida diaria, o mejor dicho, por qué no su vida diaria se integra en la lección de cálculo? Igual sucede con la dislexia: en vez de tratar de enmascararla, ¿por qué no se le hace a la persona consciente de sus dificultades y se le entrena para que las solvente? ¿Cuántos adultos son hoy en día completamente funcionales sin tanto diagnóstico de dislexia, TDAH, etc., ni por supuesto una atención a sus dificultades? ¿Tal vez pretendemos resolver el problema que no es el que hay que resolver? Evidentemente ahora que hemos aprendido sobre ello, todo lo que esté en nuestro mano para que la evaluación sea justa se hará, como proporcionar exámenes con letra más grande. Esto se llama DUA y es una habilidad (casi una actitud diría yo) fundamental para un buen docente.
Pero las soluciones asistencialistas no resuelven el problema. El DUA pretende eliminar las barreras en el ámbito educativo. Si esa persona, en el futuro, se encuentra con un texto con tamaño de fuente muy pequeño, en vez de tratar de afrontar el problema, lo va a dar por imposible porque no la enseñaron a combatir su dificultad, sino a aprender sin ella, a enmascararla. Aunque se eliminen las barreras en el entorno escolar, se debe entender en qué consisten esas barreras para la vida diaria. Así que, tal vez, el problema radica en la utilidad del contenido, en la forma en que se enseña, y en la capacidad de un profesor y de sus familias para comprender esas dificultades. Siempre va a ser más sencillo poner una tirita en un problema e intentar hacer una vida normal con ella, enmascarando un problema que no queda resuelto.
Enmascarar es un término que me lleva inmediatamente a las altas capacidades, por cierto... Nos creemos (y he oído en esta facultad) que no presentan dificultades educativas, pero, presentan muchas, en realidad. A menudo tienen más facilidades para la adquisición de aprendizajes y conceptos, pero, ¿qué hay de lo que circunscribe a ese proceso? Comentaba yo en un grupo de madres (y padres... creo que hay dos) sobre un dibujo de una niña con una máscara, en el que escribe "Eres el Nº1, más fuerte. Para todos los niños y niñas que también llevan una máscara y no sean como quieren ser." Enmascarar es una estrategia para que el sistema educativo no les pida más perfección. Saben que tienen una alta capacidad, pero, ¿por qué por ello tienen siempre que tener un rendimiento óptimo? ¿Por qué, además, tienen que disfrutar del colegio? ¿No pueden aburrirse? ¿No pueden estar prefiriendo hacer otras cosas? A pesar de tener capacidad, no se sienten útiles en un contexto limitante, aburrido, poco estimulante, como son unas clases con un contenido obligatorio y poco conectado con la vida cotidiana. Y, al mismo tiempo, hay que trabajar la humildad, la adaptación al contexto que les rodea. Necesitan límites, no limitaciones. No siempre se puede tener todo lo que se desea, pero siempre quieren y se les pide llegar más allá, más lejos. Por lo que, ¿por qué no se trabaja la autonomía y el entretenimiento? ¿Por qué no se trabaja el concepto del ocio activo y del tiempo útil? ¿Por qué no se integran sus intereses en su proceso de enseñanza - aprendizaje, como una persona probablemente haría si no tuviese que ceñirse a las normas de un centro educativo?
Todo esto, claro, limitándonos al contexto educativo. La educación se da en la familia. En el núcleo, y en la extendida. Se da con los amigos. Se da en la calle. Se da en los comercios y los servicios. Se da en las asociaciones. Se da en el vecindario. Se da en los ambulatorios y hospitales. En la carrera apenas se han abordado otros ámbitos, pero todo lo que se sale de lo reglado resulta mucho más interesante por no tener tantas limitaciones burocráticas. Sin embargo, invertir en el ámbito social depende de invertir recursos privados en ello, no dependen del Estado del que se debería poder depender (y que actualmente tampoco resulta fiable). Es una lástima que la carrera de Pedagogía se haya vuelto al servicio de la Escuela utilitarista, y no al revés, que la Pedagogía haya conseguido volver a la Escuela un lugar donde integrar la educación en todos sus procesos. Nos hemos olvidado de estudiar las familias desestructuradas. El proceso de construcción de identidad. Los barrios marginales y conflictivos. Las necesidades socioeconómicas. La seguridad. El barrio y el ocio. La salud mental y física. Todo ello lo consideramos obstáculos de lo que debería ser el proceso de enseñanza-aprendizaje óptimo. Cuando, tal vez, es que el proceso de e-a no puede ser óptimo, sino que cada cuál sigue el suyo con sus determinados obstáculos, y hay que aprender a convivir con ellos, no a anularlos. ¿Se le puede pedir a un niño de 8 años que ha intentado suicidarse, o que ha sufrido un abuso sexual, que siga sacando dieces y que su problema no le afecte a sus resultados? Eso sí termina de destrozar las mentes, porque aprenden que sus problemas no valen nada. Y son esos problemas los que enfrentarán en su vida real de adulto. Las dificultades educativas se quedan atrás cuando se sale del ámbito educativo.
Hay que tener en cuenta que hay metodologías pedagógicas y proyectos educativos muy interesantes. Hay escuelas que sí consiguen integrar esta vida cotidiana en sus clases. Que comprenden que es más importante aprender de forma espontánea que de forma reglada. Pero, nos los cuentan como si esa fuese nuestra función, nuestro objetivo a alcanzar. La realidad del sistema educativo es muy diferente. No puedes llegar y cambiar el mundo solo porque te lo propongas. Hay una regla básica, que es la adaptación, que parece que se ha olvidado en la carrera de Pedagogía. Nos tratan como superhéroes de la educación, cuando la realidad es que vamos a llegar hasta donde podamos llegar. No podemos acudir nosotros a ellos, sino ellos a nosotros. Debemos ser... fuentes de luz. Sembrar en ellos y ellas la calidez de la luz, la claridad, el confort con uno mismo, conocer sus capacidades, sus fortalezas y debilidades, sus intereses, y hablar de todos los temas que forman y formarán parte de su realidad. La sexualidad, la orientación y el género, la política, la economía, el consumismo, la negligencia y el elitismo, la violencia, el uso de pantallas, el ocio activo y pasivo, ¿por qué todo esto se deja fuera de las clases cuando es precisamente en lo que hay que educar? ¿Porque le pertenece a la familia? ¿Cuándo hemos dejado de ser aquello que la familia no puede ofrecer? ¿Cuándo hemos dejado de ser esa oportunidad, ese eslabón para conocer el entorno más allá de la familia? ¿Por qué la Escuela se ha vuelto una Fábrica de Trabajadores?