El Guerrero con Piel de Oso, también llamado Oso por su aspecto grande y parecido a un oso real al ponerse esta piel, era parte de su grupo de juglares. Era una persona muy afable, tímida y reservada, pero sus vestiduras reflejaban lo valiente que en algún momento pudo llegar a ser. Había algo en él que inspiraba fuerza, a pesar de su forma de ser tan amable y tranquila. Al Caballero le despertaba cierto interés.
De entre todos esos estudiantes a los que se les daba la bienvenida, el Guerrero con Piel de Oso apareció junto a un compañero recién conocido, el Melenudo Viajero, preguntando por el grupo de juglares, y también por Carrera con Balón, un deporte aparentemente agresivo que encajaba con su constitución robusta, pero no con su personalidad afable. Desde ese momento, el Caballero de la Coletilla supo que formarían parte de su grupo de juglares. Ese segundo "primer día" del grupo en el que el Caballero estaba engalanado con su kimono, ese dúo fueron los primeros en llegar, y se sintió muy complacido de verles. Enseguida llegaron dos personas más de su mismo turno, las Gemelas con Distinto Pelo. Los cuatro empezaban a estudiar Formación Informal en el mismo horario, otro de los saberes que se impartían en este Templo y que no obligaba a meter a los futuros guerreros en Academias para instruirles. Pronto, ellos cuatro formarían un subgrupo dentro del grupo de juglares. No tanto porque ellos estuviesen cerrados, sino porque el resto tampoco les prestaba atención. Al menos, no desde la perspectiva de nuestro Caballero. Apenas había entablado conversación con ese grupo porque no se juntaban en el momento de cervezas posterior al grupo de juglares. Siempre pensó que, simplemente, se iban. Pero, en realidad, hacían su ronda en otro sitio, y era el Guacamayo quien se negaba a desplazarse hasta allí. Esto establecía una distancia física innecesaria que el Caballero estaba deseando vencer, pero no encontraba la forma sin abandonar una de las dos mitades.
Un día de otoño, llegó a todo el grupo de juglares la noticia de una fiesta en su Facultad llevada a cabo por la Bruta Rizada. La mayoría, especialmente la parte antigua del grupo, no quiso asistir. El grupo de Formación Informal se apuntó sin pensarlo, junto con la Niña de los Abrazos, la Roquera Atractiva y el Exaltado de Ideas Claras. El Guacamayo prometió que iría a ese evento, pero nunca apareció. El Caballero tenía una jornada de cocinero, así que corriendo entre Serpientes de Hierro llegó agotado al evento. Pero... llegó. Era el primer evento social del Oso, así que estaba eufórico, y nuestro Caballero pudo ser parte de ese momento. Ese fue su primer contacto: haciendo el tonto en aquella pista de baile
Un día en su grupo de juglares se buscaron noticias en los periódicos, se recortaron y se formaron murales con ellas, y se hicieron interpretaciones sobre los problemas sociales que reflejaban: las necesidades educativas, la economía, la guerra, la salud mental... El Oso era el protagonista de esta última junto a su grupo. Su aspecto ya mostraba lo que iba a venir: la incapacidad de mostrarse frente al resto sin pensar en qué pensarán de ti, y quedar completamente aislado, acompañado de esas voces o sombras que tiran de tu cuerpo y te hacen dudar de cada paso, repitiendo tus defectos y tu dificultad. Esa interpretación de la ansiedad social, y el uso de la música para canalizarlo y expresarlo, la lírica rítmica de un trovador llamado Lytos, fue suficiente para impactar a nuestro Caballero, quien, en un día en el que sentía unas ganas tremendas de dejar de ser parte de la sociedad, se emocionó y dio una sincera felicitación y un profundo abrazo al Oso, sin ningún tipo de miedo a sus vestiduras.
El grupo de juglares siguió, pero con mucha distancia artificial entre ellos, generada por la dinámica de todo su grupo. El trato no fue cercano hasta después de ese descanso para celebrar cierta festividad popular en la que se conmemora un nacimiento; ese punto de inflexión en el que nuestro Caballero se dio cuenta de que tenía que mejorar las condiciones de su vida. Tras haber terminado las pruebas más difíciles de su carrera, volvió con fuerza y ganas a su grupo, ese que tanta fuerza le dio en su momento, y que ahora estaba tan debilitado.
Durante esas vacaciones, el Guacamayo les había hecho firmar un contrato de compromiso, lo que generó mucho descontento, hostilidad y grandes ausencias. Nuestro Caballero se estuvo planteando continuar, y enseguida se dio cuenta de que no era el único. Ese primer día, tras leer el guion, hubo fuertes desacuerdos con cómo se habían distribuido los textos. La Gemela Morena siquiera tenía presencia en la obra, parecía que se habían olvidado de ella, y se sintió tan ensombrecida que se enfrentó al Guacamayo. Pero hubo una persona especialmente disgustada que lo llevó de forma muy discreta.
El Guerrero con Piel de Oso no estaba a gusto con su papel. Era de una persona que ya no estaba en el grupo, y tenía un enfoque que no agradaba al Guerrero. Pero, lo que más le espinaba fue no poder hacer el papel suyo, no poder utilizar su propia realidad para vivir ese papel. Esta medida fue totalmente contraria a lo que habitualmente debería hacer un buen director, y no pasó desapercibida para nuestro Caballero. Además, reclamó que él no se estaba encargando de nada del sonido y la música, que era lo que él había pedido hacer junto al Melenudo Viajero. En cambio, era la Enredadera quien se estaba encargando de la música. El Guacamayo le argumentó que no podía tener texto y encargarse del sonido al mismo tiempo. Para compensar, le habían pedido elaborar una canción de cierre a él solo, sin saber si se utilizaría o no.
Por lo que el Caballero se ofreció a ayudarle a realizar esta canción. En esta proposición, encontraron una gran conexión. Empezaron a hablar de procesos artísticos. De sus intereses. De sus miedos. Y pronto, de su situación con el grupo de juglares. En su decepción, había un motivo más profundo: a pesar de haber firmado en el contrato que haría la música junto al Melenudo, le asignaron esta colaboración a la Enredadera; por lo que se sintió engañado, traicionado, defraudado, usurpado, y sobre todo, apartado de su compañero de batalla.
El Caballero de la Coletilla se reunió con el grupo de Formación Informal. Llegaron a la conclusión de que debían hacer lo posible por mejorar el equilibrio y las condiciones de la obra. Reclamaron su invisibilidad en sus puestos actuales, y plantearon cómo estarían más cómodos y satisfechos. Propusieron hacer una nueva escena. Se ofrecieron a hacer los interludios, o a tener otras funciones fuera de la obra. A pesar de todos los intentos, el Guacamayo no les escuchó. Así que tomaron la solución más drástica: irse. Esto incomodó mucho al Caballero, quien, semanas después, también dejó el grupo de juglares. El grupo de Formación Informal se convirtió en sus nuevos amigos. Y el vínculo con el Guerrero de Piel de Oso solo creció y creció.
Muy pronto, los dos se dieron a conocer su pasado, sus proezas, sus victorias y derrotas, sus pérdidas, su sufrimiento y su proceso de sanación. No escondieron nada. El Guerrero era mucho más joven que el Caballero, pero su pasado había sido excepcionalmente turbulento. Y esto asustaba al Caballero. Temía dañarle. Difería del viaje del Caballero en que sus batallas habían sido más bien de supervivencia, de adaptación al entorno. Sus peligros no eran solo fantasmas, sino que había peligros reales. Su familia era muy complicada, pronto necesitó dejarles atrás y emprender su propio viaje, con las heridas ya hechas por aquellos que le debían cuidar. Pero, sin poder abandonar su hogar, por no tener la edad suficiente para emprender una propia aventura. Y siempre llevó este viaje en silencio. Aprendió los valores de la valentía y respeto en un Dojo de Artes Marciales, donde le concedieron el título de Oso por su aspecto voluminoso; y pronto le encomendaron cazar un oso real y hacerse con su piel para elaborarse una capa que le protegiese de los peligros, para demostrarle que todo aquello que se quiere conseguir, se debe ganar con esfuerzo, como él había hecho con su vida. Como recompensa por tal proeza, le regalaron un anillo en forma de escudo, símbolo de sus aventuras y de su fortaleza. Sello de su identidad. Un recordatorio de que algún día dejará el dojo, pero llevará los vínculos y la fortaleza adquirida dentro, consigo, en sus recuerdos, en su lucha.
La diversión con el Oso solo acababa de empezar. Se pasaban las noches enteras hablando. En un viaje a una aldea muy pequeña con ellos, el Caballero retó al Guerrero a un duelo a muerte con espadas, no violento, aprovechando la calma del lugar. El Guerrero demostró tener una gran pericia a pesar de no tener tanta experiencia con el arma. Esto fortaleció aún más su vínculo, y confirmó su relación como compañeros de viaje.
Pronto, empezaron a compartir las canciones que significaban algo para ellos. El Caballero escuchaba prácticamente todo tipo de música, esa variedad asombró al Oso. Él escuchaba fundamentalmente lírica rítmica de trovadores que contaban historias de abandono, soledad y superación semejantes a las suyas, en un estilo muy cercano a la poesía con el que el Caballero también estaba familiarizado. De hecho, recuperó su hábito de escribir sus desahogos gracias al Oso, y el primer texto que consta en este diario es la prueba de ello. También hablaron de aquellas historias con imágenes e historias interactivas que habían significado un aprendizaje. En concreto, el Oso compartió una sobre unas gemas vivientes que protegen a un niño humano con una gema. Preciosa. Para el Caballero, fue la historia de un profesor que enfrentaba a los jóvenes más conflictivos y les enseñaba a ser guerreros de su vida. Muy estimulante. Los dos compartían, además, su afición por perderse en mundos virtuales, aunque sus preferencias eran muy diferentes. Al Caballero le encantaba perderse en mundos fantásticos con criaturas a las que controlar y vidas sencillas, mientras que el Guerrero disfrutaba de ambientes estimulantes con historias complejas. Estas diferencias cimentaron precisamente su vínculo, al querer aprender de lo que el otro le tenía por ofrecer.
Este viaje juntos estaría lleno de dificultades, y su vínculo, lleno de altibajos. Los dos querían demasiado, y a la vez, necesitaban seguir siendo ellos mismos. Sería todo un proceso para los dos en el que aprender a confiar en el otro, pues los dos habían tenido numerosas traiciones. Aprender a cuidar sin sobreproteger, pues los dos daban todo por que la otra persona estuviese bien, pero ponían en riesgo su propio bienestar; y una regla básica en cualquier batalla es que no se puede proteger a alguien sin primero estar uno mismo protegido. Reconocer las conductas que habían adquirido al desenvolverse en familias complicadas, pero totalmente opuestas: la del Caballero siempre fue sobreprotectora, y la del Guerrero fue negligente. Aprender a gestionar las tensiones y los conflictos, y, especialmente, la culpa generada al fallar, pues en los dos había germinado la idea de ser un obstáculo para otras personas. Les esperaba un viaje muy emocionante, en el que los dos aprenderían mucho y terminarían de desarrollarse como personas. Nunca se sabe cuánto puede durar un viaje juntos, pero el Caballero tenía una cosa clara: consideraba que esta vez sí había encontrado un compañero de viaje con el que quería pasar su vida entera. Porque se sentía seguro.
Y está siendo un viaje precioso. Difícil, pero muy gratificante.
Porque hoy somos. Porque sumas. Seremos.
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