miércoles, 14 de enero de 2026

Desahogo: Quisiera ser y no ser...

Quisiera... dejar de tener altas capacidades.

Quisiera dejar de tener que contarlo como parte de mi identidad.

Quisiera no tener que contarlo cada vez que hablo del PEAC o del Bachillerato de Excelencia al que no fui.

Quisiera que todo el mundo dejara de esperar tanto de mí. Incluyéndome a mí mismo.

Quisiera que mis notas altas no se debiesen a mis altas capacidades, ni mis notas bajas se debiesen a que he fracasado.

Quisiera que mis méritos fuesen reconocidos, quisiera reconocerme mis propios méritos.

Quisiera no ser tan exigente con el resto y especialmente conmigo mismo.

Quisiera que mis fallos fuesen mejor aceptados.

Quisiera no engrandecer tanto mi potencial, y poder avanzar paso a paso, aprendiendo, fallando, acertando y celebrando.

Quisiera dejar de estar predestinado a llegar lejos y a conseguir lo que me proponga.

Quisiera dejar de sentirme tratado como si estuviese predestinado. 

Quisiera dejar de sentir esta presión. Todo el mundo comenta mi talento, pero...

Quisiera que alguien notase mis dificultades. De atención, emocionales, de autoestima...

Quisiera que alguien se acercase a mí y me dijese "tú ya tienes un valor".

Quisiera poder creérmelo...

Quisiera volver a disfrutar de las cosas que hago.

Quisiera poder fallar. Quisiera poder fallar sin sentirme fallido por ello.

Quisiera poder pasar desapercibido.

Quisiera hablar menos, cuestionar menos, sentir menos.

Quisiera no sentir tanto.

Quisiera no necesitar aislarme, porque me siento abrumado por mis emociones y por las del resto.

Quisiera no sentir que mis emociones son complejas para el resto.

Quisiera no sentirme complejo.

Quisiera... poder sentirme normal. Y no por encima del resto.

Quisiera no ser tratado como si estuviese por encima del resto.

Quisiera poder relacionarme con mis rarezas.

Quisiera no tener rarezas, pero... nací así.

Quisiera... poder ser alguien normal. Simplemente alguien inteligente, perspicaz, que disfruta de una buena conversación. Sensible, paciente, con un carácter complicado...

Quisiera que esto no fuese tan raro.

Quisiera no ser tan raro.

Quisiera dejar de sentirme raro.

Quisiera dejar de sentirme extraño, privilegiado, superior, fracasado.

Quisiera... dejar de tener altas capacidades.

Quisiera no ser un "altas capacidades".

Quisiera... poder ser yo, y no una proyección de mí.

Quisiera... poder ser. En presente. Libre.


Este texto me ha salido en cuestión de minutos por una necesidad de gritar algo, de sacar de mi interior unas garras que me están destrozando, de despejar la niebla de mi mente que me impide ver la vida de otra forma que no sea gris, turbulenta e incierta.

domingo, 11 de enero de 2026

El Caballero de la Coletilla, tomo IV: El regreso al campo de batalla.

     A las muy buenas. Soy Christian San Pablo Barragán... alias, el Caballero de la Coletilla. Durante un tiempo apenas se me ha visto el pelo, a pesar de tenerlo tan largo, pero por fin he salido de mi letargo.

    Llevo una temporada malherido. Estuve disimulándolo durante mucho tiempo, siguiendo con mi vida normal tan sobrecargada, pero tenía una profunda herida bajo el traje que, aunque ya no sangraba, la costra se infectó y contaminó todo lo que mi cuerpo sentía, debilitándome poco a poco hasta el punto de casi costarme la vida. Esa herida fue causada por el Fantasma de la Exigencia, con quien aún fraguo una batalla que intuyo será interminable.

    He tenido que refugiarme durante bastante tiempo en los portales de mundos virtuales, cambiando súbitamente de uno a otro para regresar lo menos posible a la dolorosa realidad, en la que el fantasma me estaba buscando. Desconectado de la vida real. En esos portales, sobrevivía a los ataques de todos mis fantasmas. Dentro de esos portales no escuchaba la poderosa voz con la que me hechizó este fantasma, esos ecos, los "no eres suficiente", "no eres capaz", "no estás consiguiendo nada", "no sirve para nada tu esfuerzo". Cada vez que salía a algunas de las muchas responsabilidades en las que me encontraba, los ecos volvían. Yo creía firmemente que tener ocupaciones y contribuir en muchos proyectos que me diesen visibilidad, y que no solo me beneficiasen a mí sino que mejorasen el bienestar de otros, me haría sentir suficiente y válido; pero era todo lo contrario: quería más. Cuanto más hacía, más tenía que dosificar mi esfuerzo y atención. Y en vez de sentirme alegre por participar, más incapaz me sentía de abarcar con todo. Me costó entender que eso era exactamente lo que mi fantasma quería; había caído en su trampa. Cuando lo entendí, empecé a tener miedo de que me encontrase, y a menudo entre actividad y actividad me daba caza y tenía que combatir, impidiéndome lo más mínimo disfrutar de esos espacios. Mi grupo de juglares, las investigaciones, la Defensa Estudiantil, mi trabajo... Incluso, mi pareja...

    Mis estudios también se resintieron mucho. No solo por no invertirles suficiente tiempo, pues investigar los portales me impedía dedicarles tiempo. Es que, dejaron de serme motivantes. Me pasé mucho tiempo sintiéndome incapaz de ser ese superhéroe que pretendía ser cultivando mi luz en esta carrera, criticando las dificultades encontradas solo por el hecho de sentir que no tenían solución. Perdí mi rumbo e intenté buscar la solución a esos problemas. Y es que, la solución... estaba en mí. Precisamente, en aprender a manejar mi luz. El Fantasma de la Exigencia estaba teniendo éxito, porque era incapaz de apuntarle directamente a la cara con mi luz. Siempre odié sentirme tan inteligente; es el resto de personas las que me hacen sentirme más superior de lo que soy. Mi proyección de lo que debería ser es mucho mayor de lo que me creo, y ninguna de las dos es real. Todo el mundo dice que tengo tanto talento, pero nadie me ha enseñado a utilizarlo, y por tanto, lo derrocho. No me creo capaz de conseguir mis objetivos porque quiero conseguir directamente hitos muy grandes, me salto todos los pasos intermedios porque deberían cumplirse con mi luz. Pero no se cumplen, simplemente, no los veo, porque no estoy apuntando hacia ellos. No sé enfocar mi luz. No sé esforzarme.

    Poco a poco, estoy aprendiendo a combatir el Fantasma de la Exigencia. Aún tiendo a huir de mis tareas y a dedicar mi tiempo al ocio que tanto echo de menos y con el que me distraigo con suma facilidad solo con mi imaginación. Aunque siento que lo estoy consiguiendo. Soy más consciente de a qué dedico mi tiempo, y tengo muchas ganas de ponerme a crear de nuevo. Pero, este fantasma no estaba solo, pues se buscó dos aliados muy poderosos, uno de ellos ya conocido. Me costó mucho identificarlos. Pero, gracias a todos los esfuerzos conjuntos, puedo saber qué forma tienen y qué pretenden. Gracias a que me sentí tan identificado mientras estudiaba los trastornos de personalidad, pude entender muchos de los rasgos que a mí me definían, e incluso indagando más, supe qué los estaba causando. Los dos fantasmas me llevaban acompañando desde pequeño, antes incluso de la Exigencia. Esos dos fantasmas eran la Soledad y la Salvación.


    El Fantasma de la Soledad comenzó a crecer cuando recibía bullying en el colegio. En el colegio no era el blanco de todas las críticas, pero sí era rechazado. Supongo que era tan inteligente que tenía una forma rara de pensar, tan sensible que lloraba o me enfadaba a la mínima, y tan peculiar que no compartía las aficiones con la mayoría de mis compañeros. Era un niño curioso, inquieto pero muy tranquilo. Me gustaba estar haciendo siempre cosas, pero cosas no necesariamente agitadas, sino creativas. No tenía muchos amigos, aunque a solas todos se llevaban bien conmigo. Solo aquellos que siguiesen mi creatividad se quedaban a mi lado. A mitad de primaria, el bullying desapareció, y con ello gran parte de los problemas que yo sentía. Sin embargo, era muy inseguro para socializar, y ello siempre estuvo presente. Sigo sin saber iniciar conversaciones, y me creo que no tengo nada interesante que aportar al resto, a pesar de que conmigo la gente es incapaz de dejar de hablar. Durante el instituto no tuve conflictos, pero me empecé a sentir muy solo. Esta situación se alineaba con varios de los fantasmas que combatí durante la adolescencia, en especial, con el de la Autoestima, que vencí gracias a mi aliada Ewelina, quien me enseñó a ser adulto y a encontrar quién yo quiero ser. La soledad nunca se fue, y empeoró en la FP, donde de nuevo recibí bullying, y esta vez mucho más severo, con ataques en lo personal. Preferí estar solo, desarrollé una personalidad muy esquiva e inestable, y dejé a muchas personas atrás. A veces quería estar, a veces no. Durante la carrera, me he informado de que estas actitudes son típicas del TLP. Así que, entender que mis conductas más drásticas en las que me voy y vuelvo del lado de la gente se producen por el miedo a ser yo quien les hace daño, me permitió mucho volver a intimar, sin miedo a expresar mis emociones tan intensas, una vez me ofrecieron un espacio seguro.


    Y es que... el otro fantasma fue un gran desconocido para mí hasta hace muy poco. Mi psicóloga durante los 16 lo vislumbró, pero nunca lo identificamos. Me comentó que ayudaba a la gente para sentirme yo bien conmigo mismo. Yo no era una persona egoísta, así que lo descarté por completo. Pero, era precisamente eso. Rescatamos ese tema con la psicóloga actual cuando detectó que me creía una especie de superhéroe... Me llamó narcisista. ¿Yo, narcisista? Si odio presumir. Bueno, es que hay dos tipos de narcisismo: el ególatra que necesita sentirse superior al resto para sentirse bien consigo mismo... y el salvador que para estar bien necesita asegurarse que todo esté bien, y lo hace a través de resolver los problemas. Así que eso tan complejo era aquel fantasma. Era el Fantasma de la Salvación. Y tenía claro su origen. Cuando la situación en mi colegio mejoró, la situación en mi casa empeoró. Mi madre desarrolló una ansiedad que casi se la lleva consigo en varias ocasiones, necesitando tratamiento psicológico y psiquiátrico. Esto me posicionó como su salvador. Cuando mi hermana nació, yo pasé a ser un cuidador más. Trataba de robar la menor atención posible, trataba de esconder todos mis problemas para que todo estuviese bien. Trataba de no salir de mi habitación, viajando de portal en portal. Obvio, no siempre era posible. Al sentir soledad, aprendí que la gente no suele tener alguien a quien contarle sus problemas. Y descubrí que la gente a menudo me contaba cosas que no contaba a otros. Secretos, desahogos, problemas... ¿Había aprendido ese manejo emocional de escuchar a mi madre? El caso es, que acabé rodeándome de gente con muchos problemas, a la que yo hacía muy feliz, pero que difícilmente ellos me hacían felices a mí cuando yo tenía una crisis. Aprendí durante mucho tiempo a gestionarme yo solo, ya que yo no podía ser débil y tenía que avanzar (la exigencia, una gran aliada...), y a socializar a través de escuchar problemas y de causar que las personas dependan de mí emocionalmente. Varias de las amistades que hice en esa época eran personas igual de incompletas que yo, a las que pretendía ayudar con sus problemas. Lo conseguí con alguno, pero otros casi me arrastran consigo. A pesar de querer irse, muchos acababan volviendo porque me necesitaban, sin poder resolver sus problemas. Y yo tampoco les dejaba irse, porque necesitaba su cariño, pero su problema era una fuerte interferencia que había que resolver. No supe lo que estaba haciendo... hasta que encontré a una persona que tenía exactamente la misma problemática que yo: el Oso. Al identificar en él los mismos patrones que yo usaba, al intentar usarlos conmigo y yo con él, ello nos ha permitido a ambos progresar en nuestro esfuerzo de priorizarnos a nosotros mismos. No sin haber tenido numerosas crisis y tropiezos.


    Conocer todo esto sobre los fantasmas que me persiguen ha sido posible gracias a formar una red de apoyo, muchos contactos con los que he podido contar cuando me he sentido arrinconado, o he sido herido por estos fantasmas. Desde esta red, era posible contemplar con perspectiva qué es lo que estaba pasando, ayudándome con las opiniones de otras personas y la ayuda desde un punto de vista externo, no tan sometido a las mismas emociones a las que yo estoy sometido. Gracias a mis esfuerzos, las tantas veces que he dicho que ya es suficiente y me he parado a analizar qué me llevaba a actuar como estaba actuando, tan desconectado, tan exigente. Gracias a los esfuerzos de mi pareja el Oso por escucharme y analizarme, por permitirme un espacio en el que hablar, y alguien a quien querer y cuidar mientras soy querido y cuidado. Gracias a mi psicóloga por llevarme la contraria en tantas ocasiones. Gracias a mi mentor, el Despeinado, por ofrecerme tantas oportunidades y por permitirme declinarlas sin remordimiento, ya que eso me hizo identificar que no estaba preparado para brillar porque soy un derroche de luz. Gracias a mis amigos más íntimos por tantas tardes de desahogos con ellos, a mis compis de carrera por permitirme exigirles en los trabajos mientras aprendo a ponerme límites, al Estratega de Tablero por soportar todas mis quejas sobre las exigencias a las que estaba sometido. Gracias a todos ellos por formar mi red de apoyo. Mi familia tampoco me va a dejar caer, pero pretendo aprender a volar fuera del nido. Este Caballero... vuelve a la batalla. Y esta vez, aprenderá a utilizar su luz de manera efectiva.


    Este es mi cuarto tomo, completo en formato electrónico, con mi nuevo cuaderno. Dado que ese invento llamado IA era necesario para el trabajo, he decidido utilizarlo como corrector ortográfico, para que todo lo que pasa desapercibido para el corrector ortográfico que funciona con algoritmo, en concreto signos de puntuación, tildes, etc., pueda ser revisado por una IA que trabaja con lenguaje. No me preguntes qué es la IA, es un invento que aún no he conseguido descifrar del todo. Solo entiendo que es una especie de persona no viva que está en todas partes y que puede crear lo que le pidas...

REFLEXIONES DEL CABALLERO DE LA COLETILLA 4: ¿Quién soy yo para hablar de Política?

    Todo lo que he visto a lo largo de la carrera es que no es suficiente con los recursos que hay actualmente, y no depende de nosotros conseguirlos, sino de la Política. Y la Política está totalmente al servicio del dinero y el poder, está muy enrarecida, está muy polarizada entre dos ideologías totalmente opuestas. Dos maneras de percibir el poder. La derecha, al servicio de la economía, pretendiendo favorecer siempre el poder económico; la izquierda, al servicio de la población, pretendiendo invertir en el bienestar y en la comunidad para hacer fuerza.

    Ni la una ni la otra se están haciendo bien. Ambas posturas se han llevado al extremo y se intentan ejecutar de la forma más vulgar e inconexa de la realidad. Es frustrante ver cómo la derecha se ha dejado corromper por la oligarquía ya que siempre será más sencillo gobernar cuando son menos personas las que toman decisiones y artificialmente se aferra a ideas conservadoras para promover la diferencia y el rechazo como formas de dividir al pueblo y ser sus propios sometedores y sometidos, todos al control de la derecha marionetista; y la izquierda está obnubilada por el capacitismo, cubriendo todas las diferencias bajo el remendado manto de la diversidad, y pretendiendo cubrir con ayudas las fisuras de la sociedad en un intento asistencialista de resolver los problemas del mundo, todos al control de la izquierda mártir.

    Son dos mismas manos de un ente que tan solo quiere el poder. Lo cierto es que nunca parecerá que hay una forma correcta de hacer política, pues siempre se va a molestar a alguien. ¿Los ricos mantienen a los pobres, o los pobres mantienen a los ricos; qué es lo justo? ¿La autosuficiencia, o la meritocracia? Como ninguna de estas dos posturas parecían suficiente, ahora estas ideologías se llevan a los extremos. Y, cuanto más extrema es la política, más polarizada estará la sociedad. Ese es precisamente el juego que quieren que juguemos. No nos permiten ninguna opción de cambiar esta política, sin embargo, nos constriñen en esa polarización. Y nos quieren someter.


    Pero... quién soy yo para opinar de la política. Simplemente, estoy asustado. Estoy asustado de que una persona tan demente como Donald Trump esté en un cargo tan poderoso y lo esté utilizando a merced de su capricho, habiendo invadido un país en menos de 24h y amenazando con atacar otros. Estoy asustado de que se invierta más dinero en investigar los viajes al espacio, que en mejorar los recursos de atención pública. Estoy asustado de que los discursos de odio están ganando mucho más protagonismo en redes sociales y entre los jóvenes, alineándose con una extrema derecha que conecta con los más ricos, prometiendo estasis, y con los más pobres, prometiendo oportunidades... que nunca llegarán si no tienes el dinero para ello. Ya se está viendo en otros países en los que la extrema derecha ha entrado, que se están negando derechos y progresos que parecían asentados en la población. ¿Es esto lo que tiene que pasar? La historia está llena de estos vaivenes. La historia está llena de gente con tanta ambición de hacerse con el poder. ¿Cuál es la tendencia natural: la equidad o el poder?

    Lo que me asusta de todo esto es que... no sé en qué tengo que educar. No puedo prometer una vida mejor, llena de libertad y de derechos, si el miedo a una tercera guerra mundial está tan presente. Si cada vez más parece que cuentan menos nuestras decisiones. Si el odio está invadiendo todos los rincones, inundando las redes sociales, y en especial calando en los jóvenes. Si son los propios jóvenes los que se rechazan unos a otros y reproducen discursos de odio y de conservación sin entender qué significan porque no vivieron esa época conservadora; o de progresismo sin saber hacia qué quieren progresar, promoviendo modelos políticos y económicos sin conocer cómo funcionan una vez realmente aplicados. Si trabajar con las personas desfavorecidas no provoca que las personas poderosas cedan su espacio privilegiado, y trabajar con las personas poderosas es... banal, pues harán con su poder lo que quieran, y los valores se contagian más a través de la familia.


    Tengo que ser sincero conmigo mismo. Mi ser, dividido en mi cuerpo y mi psique, no está preparado para ostentar el poder que conllevaría tener un puesto de, por ejemplo, decano de una facultad. Tengo... demasiados vicios, poca capacidad de control, y poca tolerancia al estrés, a la frustración y al fracaso como para poder tomar decisiones de ese calibre sin miedo. No soy capaz, por primera vez lo digo claramente. No me siento capaz, aunque todo el mundo me ve capaz. Lo que la gente ve es mi mejor versión, pero no llegan a ver las raíces de exigencia y de inseguridad. Ese tipo de valores se deberían enseñar en la escuela cuando no se enseñan en la familia. Pero, si en los barrios más pobres hay profesorado de mierda, mal formado, mal preparado, y con valores que no se alinean con el respeto y la superación, y solo saben enseñar contenidos como si eso fuese a proporcionar algún valor... Estos alumnos dependen de la familia. Y la familia a menudo enfrenta numerosas dificultades, principalmente de conciliación, trabajando en grandes empresas, por eso el alumnado parte sin ellos, y no conocen el valor de la educación. El profesorado, con los recursos que tiene, hace lo que puede... ¿Qué capacidad de poder y de decisión tienen? ¿Qué forma de ocio cuando tantas cosas están al servicio del dinero? Formas baratas, llenas de vicios... Ese poder sí se infunde a las personas privilegiadas: sus familias les pueden prestar atención, sus opciones de ocio son mucho más variadas y probablemente con menos vicios, sus recursos para suplir sus carencias, y, probablemente, tengan más tiempo libre. Si únicamente tienen la suerte de que su profesorado también les transmite ese poder; algo que pueden asegurar en las escuelas privadas, donde existe la tendencia de que el cliente siempre tiene la razón, pues no deja de ser un negocio...

    Yo no estoy diciendo que todas las familias pobres estén perdidas y no tengan posibilidades; tampoco estoy diciendo que todo en las familias privilegiadas es seguro que vaya a ser perfecto. Ojalá y poder intervenir en los casos de abandono emocional que sufren los niños de familias de negocios, o los que tienen que aparentar ser perfectos o no tener dificultades; o los que se ponen en contacto con el mundo y no adquieren esos valores conservadores. Hay muchas realidades posibles. Yo no rechazo a nadie siempre que no sea yo rechazado. Simplemente, quiero señalar que si el punto de partida entre un niño rico y un niño pobre es diferente, y las condiciones durante el recorrido también son diferentes... ¿Cómo no se perpetúa el poder de las familias? Todo se debería igualar en la universidad, pero... No si se destruyen las públicas. En fin, ya dejo de sermonear con mis temores...

CAPÍTULO 6: UNA TÉCNICA PROPIA DE TRILEROS.

    Un día, uno de esos tantos llenos de ajetreo, el Caballero llegaba completamente aletargado a la universidad. Había dormido poco y mal; tuvo sesión con su repara-mentes y fue una sesión beligerante; estaba discutiendo con el Oso por algún motivo; y como era habitual a esas horas, le dolía la tripa y sentía que no llegaba al baño. Así que subió corriendo como pudo a su baño favorito, ese totalmente tranquilo, dejó la mochila en el suelo, y descansó por un momento del ajetreo. Cuando pudo salir del baño, bajó corriendo a la cafetería para cumplir con su momento favorito del día: la comida. Allí se encontró con el Exaltado de Ideas Claras, a quien saludó y le preguntó si comían juntos. Parecía ocupado elaborando un documento.

    Había mucha gente esperando para pedir. Tardó bastante en regresar a su sitio. Encontró una mochila marrón en la mesa tras ellos.

- ¿Tú sabes de quién es esta mochila?

    El Exaltado negó con la cabeza. Al rato, uno de los camareros llegó a la mesa. Pidió al Caballero que mantuviese su mochila más cerca de él. Pero se estaba refiriendo a la mochila marrón. A lo que el Caballero respondió que esa mochila ya estaba ahí cuando llegó. El camarero parecía contrariado. Al cabo de un rato tranquilo de conversación ligera, terminaron de comer. Pasaron un rato más hablando, pero el Exaltado seguía ocupado. Así que el Caballero procedió a irse...

- ¿...Y mi mochila?

    Su mochila no estaba allí, debajo de ellos. De hecho, su mochila no estaba. Su primer pensamiento fue que se la había dejado en el baño, pues recordaba haberla dejado pero no haberla cogido, así que subió a toda prisa. No estaba allí. Bajó a conserjería para pedir si habían encontrado una mochila morada, pero no hubo suerte. Preguntó a una de las personas de limpieza, pero no encontró nada allí.

    Cuando llegó a la cafetería de nuevo, el Exaltado seguía allí, hablando con el camarero. Cuando le comentó la situación, el camarero utilizó su fuerte intuición para saber que habían utilizado la mochila marrón, vacía, para sustituir a la mochila morada del Caballero. Un truco propio de ladrones trileros. A pesar de que no recordaba haber bajado con la mochila, esa teoría tenía muchísimo sentido, dado que había tardado mucho en pedir su comida, y el Exaltado estaba haciendo su documento, y no vigilando la mochila. En fin, ni siquiera se lo había pedido. Fue corriendo a la comisaría más cercana junto con el Exaltado. No le hicieron mucho caso, pues no hubo violencia en ese robo, y aún encontrándose la mochila, no habría manera de demostrar que su contenido era propiedad del Caballero, suponiendo que su cuaderno no estuviese despiezado. Conclusión, le hicieron sentir inútil; y para colmo, se había saltado una clase muy importante para nada.

    Tenía lo que se merecía. Llevaba una temporada muy desconectado de la vida, de sus acciones cotidianas, de su entorno, de sus propiedades. Se olvidaba de las reuniones, de sus fechas de entrega, de sus chaquetas, de su paraguas, de su mochila auxiliar... Tenía que aterrizar en la vida, porque el Fantasma de la Exigencia se lo estaba llevando consigo.

    Dentro de la mochila no había tantas cosas. Por suerte, el Caballero solía llevar una mochila adicional pequeña en la que siempre llevaba los objetos personales, cuando no los llevaba en sus chaquetas. Pero sí había uno de los elementos más valiosos. Había perdido su anterior cuaderno de bitácora. Un cuaderno blanco bastante viejo de esos que permitían almacenar cosas en forma de electricidad, que poseía desde que anteriormente accedió a la Universidad a hacer Estudios de la Vida; y en el que había registros de sus aventuras desde aquella batalla contra los Fantasmas de la Adolescencia. Probablemente se llevarían la mochila sin saber qué había dentro, y se quedarían ese cuaderno metálico para vender los materiales raros de los que estaba hecho.

    Con la pérdida de ese cuaderno, perdió toda la teoría de sus estudios actuales hasta ese momento, y estaba estudiando el tercero de cuatro años. Perdió numerosas ilustraciones que no estaban guardadas en ningún otro sitio, recuerdos de todas esas personas que le acompañaron en ese camino difícil. Perdió todos sus poemas y cantares, sus trabajos de sus ámbitos formativos, y sus proyectos de novelas. No le importaba demasiado haber perdido la teoría del Gremio, pues le recordaban el sufrimiento que fue aquello, ni de Estudios de la Vida, pues no la utilizaría demasiado; pero siempre era un recuerdo y algo que tener almacenado.

    Por suerte, pudo recuperar prácticamente todos esos poemas y cantares porque los tenía guardados en diversos sitios: los primeros pequeños que escribió mientras estudiaba a Bécquer los tenía guardados en un cuaderno de mano con tapas naranja fosforito; los que escribió en el rincón "Yo lo escribo" promovido por el Sabio Bigotudo, su tutor con 16 años, estaban en diversos recortes bien custodiados de aquella época agridulce; las canciones que escribió en su etapa más dura tras pasar por el Gremio de Animadores, las tenía todas guardadas en el espacio a través de la ventana de su mano por habérselas compartido a otro amigo cantante; y las más actuales estaban pegadas en esa red intangible llamada Nube de Internet. Solo reconocía haber perdido una, "El tiempo es pendular", una de sus favoritas que combinaba prosa y verso. Irrecuperable.

    No pudo recuperar de ninguna forma los apuntes hechos a mano de sus asignaturas, por lo que debía depender de sus aprendizajes guardados en la memoria a lo largo de la carrera, y no de la información almacenada. Tampoco pudo recuperar de ninguna forma las ilustraciones instantáneas. Con ello, se había desprendido de aproximadamente los recuerdos de cinco años de un plumazo. Aunque... algunas de las personas que en ellas constaban le habían hecho mucho daño. Así que quizá había sido algo positivo... Y, de las cosas más dolorosas, no pudo recuperar su novela. Esa que ya estaba a punto de terminar, pero que nunca consiguió terminar por miedo a que el resultado pudiese defraudar. Quería un final impactante. Quería mejorar la redacción de la historia. Quería mejorar la profundidad de uno de los personajes, y ello cambiaría muchos acontecimientos. Quería... pero nunca lo hizo por falta de tiempo. ¿Lo lograría hacer alguna vez? ¿Tal vez, en el fondo, no estaba satisfecho con lo que había escrito? Siempre quiso reescribir la historia entera. Bien, ¿por qué no hacerlo? En vez de querer mejorar lo que ya existía, bloqueado entre querer hacer algo nuevo y preservar lo que ya había, era la oportunidad de demostrar todo lo que había madurado desde que comenzó a escribir. De desprenderse de ese asunto pendiente, inacabado, y de volver a empezar un proyecto con el mismo gusto que lo hizo anteriormente.

    Consiguió rescatar lo más importante: sus cantares. El valor de los mismos era precisamente por ser marcas en su recorrido, emociones cristalizadas en texto, fragmentos de su historia. Lo demás... ¿Tal vez esto era una oportunidad de haberse desprendido de todo su pasado, de todo lo que le lastraba? ¿Tal vez era mejor que la memoria y el recuerdo hiciesen su trabajo y le permitiesen olvidar y avanzar? ¿Tal vez perder todo lo demás era una forma brusca de enfatizar... que debía recomenzar?

    El Oso, un genio en aparatos eléctricos, le ayudó a conseguir un nuevo cuaderno de bitácora eléctrico, mucho más potente, mucho más ágil, mucho más bonito, y con muchas más funciones que el anterior, a un precio muy razonable. Al fin y al cabo, el otro estaba quedando bastante obsoleto, le costaba funcionar, y a veces era desesperante y tenía fallos inesperados. Necesitaba cambiarlo en cualquier momento. Así que... en el fondo, todo se volvía más cómodo, aunque ojalá el cambio no hubiese sido de forma tan turbulenta y forzada. A partir de ese momento, se abrían muchas posibilidades que hasta ahora el Caballero no consideraba. Ese cuaderno servía también para viajar a portales mágicos que antes no había podido visitar. Asombroso, nunca imaginó esa posibilidad. No echaba de menos el anterior cuaderno, salvo por los apuntes de su carrera. Sí, definitivamente y por extraño que parezca, aquel desafortunado suceso fue, en cambio, positivo... Quizá era por la resiliencia. Quizá era porque no merecía la pena montar un drama por lo perdido, sino mirar hacia adelante. Quizá era por la suerte de haber preservado sus cantares, algo desde su infancia le hizo guardarlos de diferentes formas como no hizo con todo lo demás. También aprendió dos lecciones: a asegurarse de tener una copia de seguridad de sus proyectos, y a mantener sus objetos de valor siempre vigilados.

    Con este nuevo cuaderno, el Caballero de la Coletilla pudo hacer de forma muy cómoda este cuarto tomo de su historia.

viernes, 9 de enero de 2026

CAPÍTULO 5: EL DESPEINADO DE PERFIL RAPAZ.

    A pesar de su sobrenombre y aspecto tan estrafalarios, el Despeinado de Perfil Rapaz era todo un referente para el Caballero de la Coletilla por su libertad a la hora de posicionarse y su sinceridad a la hora de opinar. No estaba colocado en ninguna posición de poder desde la que tener influencias; de hecho, parecía querer evitarlas. Era de los que opinaban que habría que cambiar muchas cosas para que la facultad funcionase como es debido; sin embargo no consideraba que la facultad y las personas que en esta toman las decisiones estuviesen preparadas para escuchar todos esos cambios necesarios.

    El Caballero llevaba tres años bajo las alas de este renombrado sabio. Se conocieron a través de la Dama de Bronce en una conferencia sobre mentes privilegiadas. Yara, la Dama, reconoció el talento en el Caballero desde que le conoció, y verle allí le hizo apostar por él y presentarle a su equipo de investigación, del que el Despeinado era el director. Con pocas conversaciones, este sabio detectó que el Caballero podría ser un diamante en bruto, que había que pulir considerablemente. Detectó su luz, oculta entre muchas sombras, y se esforzó por que esta luz brillase con fuerza a través de las mismas, y que nunca sucumbiese. Le había ofrecido numerosas oportunidades para participar en investigaciones y en misiones, en las que planificar la mejor estrategia. Le había invitado a compartir opiniones con otras personas de la universidad, de otras universidades e incluso de otros países. Y sobre todo, le había llevado la contraria en tantas ocasiones y con tantos argumentos, que el Caballero solo podía respetar su sabiduría y reconocer que... alguien así es precisamente lo que necesitaba. Alguien que le dijese que no valía para nada si no se esforzaba para ello; y que, al mismo tiempo, le ofreciese unas pautas y oportunidades para poder empezar a esforzarse.

    El Despeinado tenía a su disposición un equipo de personas con las que planificar y ejecutar las misiones de intervención. Sus ámbitos predilectos eran los calabozos y la drogodependencia, dos ámbitos muy duros en los que el Caballero no se imaginaba trabajando. Sin embargo, a pesar de su profesión, el Despeinado era pedagogo de formación... ¿Cómo había logrado entonces desenvolverse en esos entornos tan complicados? Contaba con un largo historial de intervenciones y publicaciones, de las que el Caballero comenzó a ser una parte minúscula. Al Despeinado le gustaba involucrar al Caballero en sus proyectos, y contar con su opinión para hacerle sentir válido y capaz. Le ofrecía tantas oportunidades... que comenzó a ser un poco abrumador.

    A su vez, el Caballero fue integrándose en el funcionamiento de la facultad, para poder ir ganando contextos, personas, oportunidades en las que ser visto y poder tomar decisiones. Poco a poco, se iba involucrando en más y más responsabilidades... que llegaron al punto de colapsar. Y es que apetecía aprovechar todas las ocasiones posibles para... ser alguien. Su esfuerzo era como un torrente desbordado de luz. Quería mejorar todos los contextos posibles. Quería cambiar la facultad. Quería tener poder y capacidad de decisión y de cambio. Quería ser alguien influyente. Pero, ¿por qué esa necesidad de ser alguien? ¿Alguien influyente en los demás? ¿Por qué la necesidad de cambiar la realidad? ¿Por qué la necesidad de dejar un legado que perdure después de la muerte? ¿Por qué ese ansia por lograr algo importante, y esa culpa por no haberlo hecho aún? ¿Por qué ese remordimiento insistente de no tener ningún mérito aún? ¿Por qué quería con tantas ganas ser...

-…reconocido? ¿Quién no quiere serlo?

    Desde que el Despeinado pronunció esas palabras, todo cambió. Es cierto... ¿Quién no quiere ser reconocido por el esfuerzo que está haciendo? ¿Por qué no era así? ¿Tal vez porque aún no había conseguido su misión? ¿Su... misión? ¿Es su misión lo que le estaba haciendo tanto daño? Conseguir la hazaña de mejorar la educación... De cambiar a las personas... De salvar el mundo... Era una misión preciosa, pero, ¿era una misión realista? ¿Cuál era entonces su objetivo? Pero, ¿quién le había encomendado semejante misión? Su misión... Tal vez ese era su fantasma. Un fantasma sin forma ni origen conocido, que se había enmascarado en forma de objetivo, de misión... ¿Cuál era el problema, cuál era la causa de ese problema? ¿Había siquiera algún problema? Sí, en realidad parecía haberlo, pero ¿había una única causa de ese problema? ¿Y había alguna causa al alcance de nuestro Caballero?

    Tal vez el fantasma no estuviese fuera. Decir que la vida es una mierda intenta justificarse a sí mismo, es un argumento circular y no es correcto porque la vida no es injusta, problemática o dañina para todas las personas. Tal vez el fantasma no está fuera sino dentro. Tal vez el fantasma no es la vida en sí misma o los problemas de la humanidad... sino el cómo afrontarlos. Afrontarlos como una misión que se debe resolver... Que se puede resolver por aquellos que han sido bendecidos. Bendecido con una mente privilegiada... ¿Qué era esto? ¿Remordimiento? ¿Culpa? ¿Estaba engañando a alguien... o a sí mismo? ¿Y si no se consideraba así? ¿Y si estaba harto de considerarse el bendecido? ¿Por qué no se sentía siquiera merecedor de estar en una carrera? ¿Por qué nunca había publicado las novelas y las poesías que escribió? ¿Y si todo el esfuerzo quedase eclipsado... por el supuesto talento, por esa mente privilegiada, que tenía el Caballero? ¿Había sido reconocido alguna vez por sus méritos? Siempre se hizo alusión a sus facilidades... ¿Pero qué hay de sus dificultades? ¿Cuándo se ha aplaudido su esfuerzo? Poco a poco, la madeja comenzó a desenroscarse. Le aterraba ser sometido al juicio y veredicto de otras personas, porque, lo que estaba bien hecho, sería atribuido a su talento, y lo que estaba mal hecho... era inconcebible. No podía fallar con tanto talento, porque eso significaba estar desperdiciándose. No podía permitirse ser mediocre. Por ello era mejor seguir siendo perfecto en la mente en vez de someterse a ser imperfecto en la realidad. Así había sido esa parálisis hasta ahora... pero ya era hora de vencer esa barrera.

    La relación con el Despeinado fue estrechándose. Establecieron una relación en la que él formaba parte de una red de seguridad que le protegía de sus fantasmas. Pronto, dejó de orientarle solo en el ámbito de lo académico, ya que con semejante parálisis era contraproducente ofrecer posibilidades de lucirse. Sus conversaciones pronto empezaron a tratar de comprender el origen de esa necesidad de reconocimiento, más que en pretender lograrlo. A continuación se abordaron los posibles itinerarios en el futuro, una conversación recurrente debido a que el Caballero se sentía capaz de todo y de nada al mismo tiempo, se sentía desorientado. Quería ser PSC, quería ser profesor de universidad, quería ser maestro de Primaria, quería trabajar en un hogar de acogida, o en un centro de menores, quería... un espacio en el que dar oportunidades a aquellos que no las tienen. La idea de la universidad era tentadora, pero incómoda. Ambos habían detectado que en la facultad se generaban muchas influencias de poder y tratos de favor, por lo que se volvía importante ser visto y adoptar los argumentos de otras personas, algo que remaba en contra de la ideología del Caballero a pesar de su necesidad. En alguna ocasión trataron de entender juntos cómo funcionan el poder y las influencias, colocando en posiciones muy cómodas a personas que tal vez por sus méritos o por su moralidad no lo merecen. Ninguno de los dos era partidario de utilizar las influencias para ganar privilegios. Había que saber dónde incidir. Cuál es el contexto en el que realmente te sientes cómodo interviniendo.

    Entonces, lo entendió. No solo las hadas eran capaces de manipular la luz, sino también los sabios, y probablemente otros seres. El Despeinado se había convertido en su capitán, como en su momento lo fue la Mariposa Capitana. Y él le estaba enseñando una estrategia para controlar esa luz que había germinado, que no brotaba de sus alas sino de su interior, de sus ganas de volar. Así, poco a poco, el torrente de capacidad desbordada que tenía el Caballero se fue concentrando en un tenue pero consistente haz de luz. No consistía en pretender iluminar todos los lugares por los que pasar, sino en dirigir tu luz hacia una dirección, como un foco. Así es más sencillo sembrar luces en las personas y entornos que se desea, pues la luz incide con más precisión. Era difícil mantener ese haz de luz concentrado, pues, había tantos problemas que poder abordar... Pero entonces recordó que, él no era la única luz en el mundo. Había direcciones a las que él no podría apuntar, pero otras personas luminosas lo harían. Dejó de sentirse responsable de tener que sostener el mundo entero. Puede que hayan casos como el del Guerrero con Piel de Oso que pasen desapercibidos por la intrincada complejidad del caso, pero, esas personas desamparadas siempre acaban encontrando alguna luz que ilumine sus tinieblas, siempre que así ellos lo deseen y preserven su propia luz; así se encontraron mutuamente. También empezó a entender cómo funcionaba esa luz... Cómo había personas que brillaban por luz propia, y personas que utilizaban las luces del entorno para brillar. Cómo había personas a las que les agradaban las tinieblas, o que aún no habían encontrado su propia luz. Cómo había personas con esa misma necesidad de brillar por todas partes. Cómo la influencia sobre otras personas provocaba ilusiones ópticas con esa luz, y cómo el poder era una manera de controlar esa luz, junto con la decisión y la concentración.

    Poco a poco, el Caballero de la Coletilla fue aprendiendo a canalizar esa luz, y el Despeinado de Perfil Rapaz fue acostumbrándose a las dificultades encontradas para ello. Era un hada, iluso, ilusionado, aprendiendo a canalizar la luz como un sabio. Y la muestra de ello sería el Trabajo de Fin de Grado, en el que elegir un tema, un único tema muy específico, sobre el que hacer una reflexión y propuesta. Qué difícil. Y qué curioso que la dificultad radique en acortar, y no en ampliar. Podría hablar de numerosos temas como la participación en la universidad, el fiasco de los colegios bilingües, la mala aplicación del control de las normas APA... Pero quería comenzar una investigación rigurosa sobre los riesgos del uso de las pantallas en la infancia. Lo difícil era concretar si en este trabajo quería hablar de los riesgos neurológicos, sociológicos o psicológicos. Acabaría investigando sobre los tres, para integrar a las familias sobre cómo integrar de forma sana los videojuegos. Enseguida el Despeinado ofreció la posibilidad de ser quien guíe ese TFG, ya que conocía sus intereses, sus necesidades, sus ritmos, sus dificultades... Solo tendría que mover hilos transparentes. Al Caballero le resultó muy reconfortante esa idea. Sabía que la mano dura del Despeinado sería muy útil para poder cumplir los plazos, pues era uno de sus puntos débiles. Y así el sabio consiguió disponer todo para serlo. El Caballero también tenía la oportunidad de demostrar aquello de lo que era capaz en un espacio real, una Ciudad de Niños. Quería hablarles sin tabúes de la realidad. Y el Despeinado se encargaría de aconsejarle. Así que les esperaba juntos la conclusión de su aventura. Les esperaba... un trayecto muy emocionante juntos.

jueves, 8 de enero de 2026

CAPÍTULO 4: UN GUERRERO DE RENOMBRE.

    El Guerrero con Piel de Oso, también llamado Oso por su aspecto grande y parecido a un oso real al ponerse esta piel, era parte de su grupo de juglares. Era una persona muy afable, tímida y reservada, pero sus vestiduras reflejaban lo valiente que en algún momento pudo llegar a ser. Había algo en él que inspiraba fuerza, a pesar de su forma de ser tan amable y tranquila. Al Caballero le despertaba cierto interés.


    De entre todos esos estudiantes a los que se les daba la bienvenida, el Guerrero con Piel de Oso apareció junto a un compañero recién conocido, el Melenudo Viajero, preguntando por el grupo de juglares, y también por Carrera con Balón, un deporte aparentemente agresivo que encajaba con su constitución robusta, pero no con su personalidad afable. Desde ese momento, el Caballero de la Coletilla supo que formarían parte de su grupo de juglares. Ese segundo "primer día" del grupo en el que el Caballero estaba engalanado con su kimono, ese dúo fueron los primeros en llegar, y se sintió muy complacido de verles. Enseguida llegaron dos personas más de su mismo turno, las Gemelas con Distinto Pelo. Los cuatro empezaban a estudiar Formación Informal en el mismo horario, otro de los saberes que se impartían en este Templo y que no obligaba a meter a los futuros guerreros en Academias para instruirles. Pronto, ellos cuatro formarían un subgrupo dentro del grupo de juglares. No tanto porque ellos estuviesen cerrados, sino porque el resto tampoco les prestaba atención. Al menos, no desde la perspectiva de nuestro Caballero. Apenas había entablado conversación con ese grupo porque no se juntaban en el momento de cervezas posterior al grupo de juglares. Siempre pensó que, simplemente, se iban. Pero, en realidad, hacían su ronda en otro sitio, y era el Guacamayo quien se negaba a desplazarse hasta allí. Esto establecía una distancia física innecesaria que el Caballero estaba deseando vencer, pero no encontraba la forma sin abandonar una de las dos mitades.


    Un día de otoño, llegó a todo el grupo de juglares la noticia de una fiesta en su Facultad llevada a cabo por la Bruta Rizada. La mayoría, especialmente la parte antigua del grupo, no quiso asistir. El grupo de Formación Informal se apuntó sin pensarlo, junto con la Niña de los Abrazos, la Roquera Atractiva y el Exaltado de Ideas Claras. El Guacamayo prometió que iría a ese evento, pero nunca apareció. El Caballero tenía una jornada de cocinero, así que corriendo entre Serpientes de Hierro llegó agotado al evento. Pero... llegó. Era el primer evento social del Oso, así que estaba eufórico, y nuestro Caballero pudo ser parte de ese momento. Ese fue su primer contacto: haciendo el tonto en aquella pista de baile


    Un día en su grupo de juglares se buscaron noticias en los periódicos, se recortaron y se formaron murales con ellas, y se hicieron interpretaciones sobre los problemas sociales que reflejaban: las necesidades educativas, la economía, la guerra, la salud mental... El Oso era el protagonista de esta última junto a su grupo. Su aspecto ya mostraba lo que iba a venir: la incapacidad de mostrarse frente al resto sin pensar en qué pensarán de ti, y quedar completamente aislado, acompañado de esas voces o sombras que tiran de tu cuerpo y te hacen dudar de cada paso, repitiendo tus defectos y tu dificultad. Esa interpretación de la ansiedad social, y el uso de la música para canalizarlo y expresarlo, la lírica rítmica de un trovador llamado Lytos, fue suficiente para impactar a nuestro Caballero, quien, en un día en el que sentía unas ganas tremendas de dejar de ser parte de la sociedad, se emocionó y dio una sincera felicitación y un profundo abrazo al Oso, sin ningún tipo de miedo a sus vestiduras.


    El grupo de juglares siguió, pero con mucha distancia artificial entre ellos, generada por la dinámica de todo su grupo. El trato no fue cercano hasta después de ese descanso para celebrar cierta festividad popular en la que se conmemora un nacimiento; ese punto de inflexión en el que nuestro Caballero se dio cuenta de que tenía que mejorar las condiciones de su vida. Tras haber terminado las pruebas más difíciles de su carrera, volvió con fuerza y ganas a su grupo, ese que tanta fuerza le dio en su momento, y que ahora estaba tan debilitado. 


    Durante esas vacaciones, el Guacamayo les había hecho firmar un contrato de compromiso, lo que generó mucho descontento, hostilidad y grandes ausencias. Nuestro Caballero se estuvo planteando continuar, y enseguida se dio cuenta de que no era el único. Ese primer día, tras leer el guion, hubo fuertes desacuerdos con cómo se habían distribuido los textos. La Gemela Morena siquiera tenía presencia en la obra, parecía que se habían olvidado de ella, y se sintió tan ensombrecida que se enfrentó al Guacamayo. Pero hubo una persona especialmente disgustada que lo llevó de forma muy discreta.


    El Guerrero con Piel de Oso no estaba a gusto con su papel. Era de una persona que ya no estaba en el grupo, y tenía un enfoque que no agradaba al Guerrero. Pero, lo que más le espinaba fue no poder hacer el papel suyo, no poder utilizar su propia realidad para vivir ese papel. Esta medida fue totalmente contraria a lo que habitualmente debería hacer un buen director, y no pasó desapercibida para nuestro Caballero. Además, reclamó que él no se estaba encargando de nada del sonido y la música, que era lo que él había pedido hacer junto al Melenudo Viajero. En cambio, era la Enredadera quien se estaba encargando de la música. El Guacamayo le argumentó que no podía tener texto y encargarse del sonido al mismo tiempo. Para compensar, le habían pedido elaborar una canción de cierre a él solo, sin saber si se utilizaría o no.


    Por lo que el Caballero se ofreció a ayudarle a realizar esta canción. En esta proposición, encontraron una gran conexión. Empezaron a hablar de procesos artísticos. De sus intereses. De sus miedos. Y pronto, de su situación con el grupo de juglares. En su decepción, había un motivo más profundo: a pesar de haber firmado en el contrato que haría la música junto al Melenudo, le asignaron esta colaboración a la Enredadera; por lo que se sintió engañado, traicionado, defraudado, usurpado, y sobre todo, apartado de su compañero de batalla.


    El Caballero de la Coletilla se reunió con el grupo de Formación Informal. Llegaron a la conclusión de que debían hacer lo posible por mejorar el equilibrio y las condiciones de la obra. Reclamaron su invisibilidad en sus puestos actuales, y plantearon cómo estarían más cómodos y satisfechos. Propusieron hacer una nueva escena. Se ofrecieron a hacer los interludios, o a tener otras funciones fuera de la obra. A pesar de todos los intentos, el Guacamayo no les escuchó. Así que tomaron la solución más drástica: irse. Esto incomodó mucho al Caballero, quien, semanas después, también dejó el grupo de juglares. El grupo de Formación Informal se convirtió en sus nuevos amigos. Y el vínculo con el Guerrero de Piel de Oso solo creció y creció.


    Muy pronto, los dos se dieron a conocer su pasado, sus proezas, sus victorias y derrotas, sus pérdidas, su sufrimiento y su proceso de sanación. No escondieron nada. El Guerrero era mucho más joven que el Caballero, pero su pasado había sido excepcionalmente turbulento. Y esto asustaba al Caballero. Temía dañarle. Difería del viaje del Caballero en que sus batallas habían sido más bien de supervivencia, de adaptación al entorno. Sus peligros no eran solo fantasmas, sino que había peligros reales. Su familia era muy complicada, pronto necesitó dejarles atrás y emprender su propio viaje, con las heridas ya hechas por aquellos que le debían cuidar. Pero, sin poder abandonar su hogar, por no tener la edad suficiente para emprender una propia aventura. Y siempre llevó este viaje en silencio. Aprendió los valores de la valentía y respeto en un Dojo de Artes Marciales, donde le concedieron el título de Oso por su aspecto voluminoso; y pronto le encomendaron cazar un oso real y hacerse con su piel para elaborarse una capa que le protegiese de los peligros, para demostrarle que todo aquello que se quiere conseguir, se debe ganar con esfuerzo, como él había hecho con su vida. Como recompensa por tal proeza, le regalaron un anillo en forma de escudo, símbolo de sus aventuras y de su fortaleza. Sello de su identidad. Un recordatorio de que algún día dejará el dojo, pero llevará los vínculos y la fortaleza adquirida dentro, consigo, en sus recuerdos, en su lucha.


    La diversión con el Oso solo acababa de empezar. Se pasaban las noches enteras hablando. En un viaje a una aldea muy pequeña con ellos, el Caballero retó al Guerrero a un duelo a muerte con espadas, no violento, aprovechando la calma del lugar. El Guerrero demostró tener una gran pericia a pesar de no tener tanta experiencia con el arma. Esto fortaleció aún más su vínculo, y confirmó su relación como compañeros de viaje.


    Pronto, empezaron a compartir las canciones que significaban algo para ellos. El Caballero escuchaba prácticamente todo tipo de música, esa variedad asombró al Oso. Él escuchaba fundamentalmente lírica rítmica de trovadores que contaban historias de abandono, soledad y superación semejantes a las suyas, en un estilo muy cercano a la poesía con el que el Caballero también estaba familiarizado. De hecho, recuperó su hábito de escribir sus desahogos gracias al Oso, y el primer texto que consta en este diario es la prueba de ello. También hablaron de aquellas historias con imágenes e historias interactivas que habían significado un aprendizaje. En concreto, el Oso compartió una sobre unas gemas vivientes que protegen a un niño humano con una gema. Preciosa. Para el Caballero, fue la historia de un profesor que enfrentaba a los jóvenes más conflictivos y les enseñaba a ser guerreros de su vida. Muy estimulante. Los dos compartían, además, su afición por perderse en mundos virtuales, aunque sus preferencias eran muy diferentes. Al Caballero le encantaba perderse en mundos fantásticos con criaturas a las que controlar y vidas sencillas, mientras que el Guerrero disfrutaba de ambientes estimulantes con historias complejas. Estas diferencias cimentaron precisamente su vínculo, al querer aprender de lo que el otro le tenía por ofrecer.


    Este viaje juntos estaría lleno de dificultades, y su vínculo, lleno de altibajos. Los dos querían demasiado, y a la vez, necesitaban seguir siendo ellos mismos. Sería todo un proceso para los dos en el que aprender a confiar en el otro, pues los dos habían tenido numerosas traiciones. Aprender a cuidar sin sobreproteger, pues los dos daban todo por que la otra persona estuviese bien, pero ponían en riesgo su propio bienestar; y una regla básica en cualquier batalla es que no se puede proteger a alguien sin primero estar uno mismo protegido. Reconocer las conductas que habían adquirido al desenvolverse en familias complicadas, pero totalmente opuestas: la del Caballero siempre fue sobreprotectora, y la del Guerrero fue negligente. Aprender a gestionar las tensiones y los conflictos, y, especialmente, la culpa generada al fallar, pues en los dos había germinado la idea de ser un obstáculo para otras personas. Les esperaba un viaje muy emocionante, en el que los dos aprenderían mucho y terminarían de desarrollarse como personas. Nunca se sabe cuánto puede durar un viaje juntos, pero el Caballero tenía una cosa clara: consideraba que esta vez sí había encontrado un compañero de viaje con el que quería pasar su vida entera. Porque se sentía seguro.

Y está siendo un viaje precioso. Difícil, pero muy gratificante.

Porque hoy somos. Porque sumas. Seremos.

REFLEXIONES DEL CABALLERO DE LA COLETILLA 3: Breve reconocimiento médico a la Pedagogía.

    Un día, un joven Caballero de la Coletilla recibió de manos de su Mariposa Capitana una luz. Esa luz provenía de una semilla, una semilla que haría crecer unas alas. Probablemente, ella se las habría cedido como su legado particular. Mientras las alas de la Mariposa se apagaban, las alas del Caballero empezarían a crecer. Esperaba que fuesen tan radiantes como lo fueron esas alas coloridas, ahora debilitadas. Esa semilla era la Pedagogía. Una carrera de conocimiento que empezó hace ya cuatro años para hacer crecer sus alas de la misma manera que crecen las plantas. Porque la Pedagogía consiste en germinar luz en otros, aprendices de la vida.

    Cuatro años después, el Caballero intentaba volar, pero sabía que aún no podía, que sus alas eran cortas y débiles. Sentía que la carrera no había conseguido hacer crecer esas alas, y estaba muy decepcionado consigo mismo. Sin embargo, se dio cuenta de que nunca había hecho diagnóstico de cómo estaban sus alas realmente. Así que dejó de intentar volar, descansó, y se miró al espejo para observar cómo eran sus alas cuando no las estaba forzando. Encontró que sus alas eran... muy brillantes. Cortas, efectivamente. Entonces, ¿cómo podían ser tan radiantes? La luz que emitía el Caballero no provenía de sus alas, sino de su interior. De sus valores, de sus victorias como guerrero. Entendió así que la Educación no solo es una ciencia, como últimamente les gusta considerarla desde Pedagogía, sino que tiene un importante componente experiencial. La educación debe enseñar a vivir, y a vivir se aprende viviendo, por lo que se debe enseñar a aprender, para poder vivir viviendo.


    La ciencia de la educación... Desde luego reúne algunas propiedades de la ciencia, pero es difícil considerarla como exacta y medible. La Pedagogía no consiste en un elemento rígido con unas pautas que delimitan el sentido de la educación y la forma definitiva de hacerlo. No se puede implementar una metodología siempre efectiva porque los resultados correctos pueden variar. La Pedagogía es flexible, debido a que es un elemento intrínseco de la sociedad, otro elemento flexible. Así como la sociedad cambia, la Pedagogía también está sometida a cambios. Así como en determinados momentos de la historia existían unos intereses y valores sociopolíticos y en la actualidad existen otros, dichos intereses y valores son los que determinan qué tipo de educación se va a impartir y qué resultados se esperan.

    En la Edad Media, los intereses eran de sometimiento. La sociedad estaba completamente estamentada en gente rica y gente trabajadora, y era más sencillo mantenerse así. La religión se empleaba como método represor de miedo a lo desconocido, al castigo divino por no seguir la obediencia. Progresivamente se han conseguido numerosos avances. A través de una correcta educación, una persona trabajadora puede alcanzar ciertos privilegios. Y sin una educación correcta, una persona privilegiada puede malgastar sus riquezas. No se tienen en cuenta cambios producidos por el azar. Sin embargo, un análisis sociológico en profundidad debería hacerse para contemplar si han cambiado tanto los valores de la sociedad actual con respecto a las anteriores. O, ¿tal vez estemos teniendo una regresión súbita? Una fuerza contraria a la dirección que en el siglo anterior se tenía, que está recuperando con ansia la sociedad dividida y polarizada.


    La Pedagogía, o Ciencia de la Educación, se está quedando obsoleta en un mundo al servicio de la inmediatez y la tecnología. Se vuelve cada vez más difícil promover la cultura del esfuerzo en una sociedad cuyo objetivo es facilitar la vida lo máximo posible y dedicar todo el esfuerzo a un trabajo de fábrica o servicio en lugar de emprender un proyecto. Así, los grandes comerciantes y empresarios cubren su abastecimiento con puestos de trabajo baratos ganan dinero haciendo que otros trabajadores consuman sus productos porque facilitan más la vida para poder dedicarla al trabajo; con la promesa de que el dinero es lo más importante para poder vivir en una sociedad en la que los precios cada vez ascienden más sin poder hacer nada para ello. Mientras tanto, la pequeña empresa se asfixia porque no puede competir con el abaratamiento de los productos de una gran empresa.

    Complementariamente, la Escuela se está volviendo cada vez más y más instrumental, sin un valor experiencial que aleja al fenómeno impartido de la educación y lo acerca más a la instrucción. Mientras que el enfoque actual de la Pedagogía es que cada persona extraiga su máximo potencial y encuentre su lugar más adecuado, el enfoque de la Escuela actual es que cada persona avance y obtenga la máxima calificación posible. Se clasifica a las personas por su valor, estableciendo unos filtros de calidad sin los que difícilmente serías reconocido como persona útil para la sociedad, y se facilita a las personas que no llegan a los mínimos establecidos a obtener esas altas calificaciones para superar esos filtros, al menos, los mínimos. La Escuela debería ser el lugar donde se ejerce la Educación, y la Pedagogía, la ciencia que da razón a este fenómeno; así como el Magisterio proporciona herramientas y el ámbito de la Orientación es intentar hacer de la educación una experiencia lo más pedagógica posible. Y aquí es donde comienza el problema.

    La Pedagogía y la Escuela actual resultaban bastante contradictorias. Se pretende integrar la idea de la Pedagogía actual en la ideología de las Escuelas actuales: extraer el máximo potencial posible de cada persona, y que este potencial sea lo más cercano a la máxima calificación para asegurar mejores oportunidades. Así, se pretende conseguir una población inteligente y educada, capaz de alcanzar las metas que se propongan. En teoría. En la práctica, se logra una estandarización de los resultados debido a que la inversión de recursos acaba siendo mayor en las personas que presentan más dificultades para alcanzar esas notas más elevadas. El problema quizá no está en esas personas, sino en qué representan esas notas. Representa un esfuerzo memorístico, pero ¿representa un aprendizaje? El Magisterio sirve precisamente para asegurarse de ello, pero se necesita entender por qué educar para saber cómo educar. ¿Qué contenidos son realmente más útiles y necesarios para la vida cotidiana? ¿Se podría prescindir de gran parte del contenido en primaria y secundaria, o es realmente relevante de cara a un futuro universitario y profesional(izante)? ¿Todas las personas quieren lo mismo; todas las personas necesitan lo mismo? ¿Son justos esos filtros? Estas dudas son el ámbito de la Orientación. La manera de afrontar las dificultades en el proceso educativo las afronta la Orientación, quien da las pautas para pulir las herramientas del maestro o profesor ante las situaciones en las que hay una dificultad.


    Pero, seamos realistas. En la situación actual, las dificultades de un profesional de la educación son imposibles de solventar sin un sacrificio que supera con creces el tiempo de trabajo. Un orientador no es suficiente para abarcar la enorme diversidad que se puede encontrar en un centro. Tampoco puede atender al alumnado si la mayor parte de su tiempo está realizando trámites burocráticos. Ahora que con la tecnología es mucho más fácil almacenar datos, no se es consciente de la cantidad de espacio que ocuparía esto, ni se percibe el tiempo que se tarda en llenarlo. ¿Cuándo se volvió la orientación un servicio tan coartado por la burocracia? Tampoco se trata directamente con el alumnado con frecuencia, pues de dar clase se encarga el profesorado; será el profesorado quien aplique las medidas de adaptación hechas por la orientación. Ya es difícil asumir que tienes una inconmensurable carga de trabajo, es más duro tener que aceptar que hay tantas cosas que deberían cambiar que a veces no eres suficiente, y puede ser aún más duro asumir que hay profesorado y familias que no colaborarán. Hay casos a los que se ayudará bastante, pero los casos más complejos quedan fuera del alcance de la disponibilidad que permite este puesto. Los maestros y profesores están desbordados con tanto alumnado en sus clases, siendo a veces muy complicado mantener los niveles de ruido y atención en lugares óptimos. Además, con cada legislación educativa, deben replantear el contenido de sus unidades didácticas, ya que cambian los objetivos mínimos. Asimismo, deben actualizar constantemente su formación sobre cómo educar a personas con determinadas dificultades. Si quisieran atender a todas las necesidades que les presenta el alumnado, deben estar disponibles para ser contactados fuera del horario lectivo. Hay una tendencia actualmente, que es ceder el contacto personal. Yo, esto, no lo entiendo. El profesorado también merece descansar...

    Desde luego, la calidad de su formación deja mucho que desear. Sin una formación del sector educativo adecuada, no podemos pedir una mejor educación. No podemos pedir todas esas estrategias, todo ese esfuerzo, esa voluntad de ser profesores y de implicarse en su misión... Y habría que echar un vistazo a la calidad de las facultades de educación. Si dentro de las mismas hay profesorado que no respeta al alumnado, que a veces es irreverente y que es intransigente con las dificultades de aprendizaje o de salud mental o física; que a veces no sabe evaluar si no es con un examen y que a veces mandan tareas como si su asignatura fuese la única; que obligan a la asistencia porque saben que no tienen nada valioso que contar, porque es información muy repetitiva y desconectada de la realidad de la educación; que en vez de colaborar en los proyectos e investigaciones, compiten entre ellos como si tuviesen algo que demostrar... En fin, es duro saber todo esto. Pero, qué se puede hacer si cada vez menos gente concibe la universidad como una opción de trabajo. ¿Tiene que existir acaso una formación de estos formadores de formadores? Es absurdo. En sus manos se debe depositar todo el poder. Pero lo cierto es, que este profesorado se encuentra realmente indefenso ante un poder mayor: el político.


    He hecho ya alusión a los recursos. Al menos, en el territorio que me circunscribe, los recursos son muy insuficientes. El Reino de Madrid parece estar sometido a una serie de normas distintas a las del resto de territorios, como si fuese completamente autosuficiente y muy poderoso. Como si su población fuesen todos adinerados. Así, se está sometiendo a todo lo público a una asfixia, y se invierte más en la potencia privada. Esto no es una opinión política, sino un hecho que se hace mucho más evidente en las universidades públicas de Madrid y, especialmente en la mía, la Universidad Complutense. Este templo del saber, abierto durante más de 800 años y siendo uno de los más prestigiosos de España por sus numerosas contribuciones a la ciencia, ha resistido etapas de la historia muy diferentes. Pero, sin embargo, actualmente está al borde de la quiebra. Probablemente hayan numerosas malas decisiones detrás de esta situación, pero no se puede negar que la inversión que recibe es insuficiente incluso intentando gestionar de manera correcta el presupuesto recibido. Siendo la Facultad de Educación una de las más grandes de este templo, los efectos se hacen más notorios, con falta de profesorado al inicio de curso, instalaciones mal cuidadas, falta de inversión en investigación... Y, en estas condiciones, el profesorado está muy descontento. Normal que algunos siquiera se quieran esforzar...

   La Política debería remar más a favor y dejar de ser un obstáculo para la Pedagogía. Tal vez se podría conseguir esa educación ambiciosa que se pretende con una mucho mayor inversión. En cambio, se habla de que en los centros privados se puede ofrecer una mejor atención específica, debido a que se puede decidir cuánto y en qué se va a hacer la inversión económica. Y es una pena que pensemos así en lugar de darnos cuenta de que la verdadera educación no debería necesitar de un sistema de herramientas o de test de diagnóstico, carísimos todos por cierto, para que los niños aprendan mejor lo que pretendemos que aprendan. En lugar de obligar a impartir tantos contenidos mínimos que siquiera han sido pensados por pedagogos sino por políticos, se debería apostar por una educación más libre, basada en el juego y el descubrimiento, y con unos contenidos acordes a lo que cada alumno puede ofrecer.

    Si un niño tiene una dificultad para aprender cálculo, en vez de obligarle a aprender cálculo y pedirle que siga avanzando para realizar geometría, ecuaciones, y tener que realizarle constantemente adaptaciones para que vaya aprendiendo, ¿por qué no se le entrena para que aprenda su propio método para calcular? ¿Por qué el cálculo no se integra en su vida diaria, o mejor dicho, por qué no su vida diaria se integra en la lección de cálculo? Igual sucede con la dislexia: en vez de tratar de enmascararla, ¿por qué no se le hace a la persona consciente de sus dificultades y se le entrena para que las solvente? ¿Cuántos adultos son hoy en día completamente funcionales sin tanto diagnóstico de dislexia, TDAH, etc., ni por supuesto una atención a sus dificultades? ¿Tal vez pretendemos resolver el problema que no es el que hay que resolver? Evidentemente ahora que hemos aprendido sobre ello, todo lo que esté en nuestro mano para que la evaluación sea justa se hará, como proporcionar exámenes con letra más grande. Esto se llama DUA y es una habilidad (casi una actitud diría yo) fundamental para un buen docente.


    Pero las soluciones asistencialistas no resuelven el problema. El DUA pretende eliminar las barreras en el ámbito educativo. Si esa persona, en el futuro, se encuentra con un texto con tamaño de fuente muy pequeño, en vez de tratar de afrontar el problema, lo va a dar por imposible porque no la enseñaron a combatir su dificultad, sino a aprender sin ella, a enmascararla. Aunque se eliminen las barreras en el entorno escolar, se debe entender en qué consisten esas barreras para la vida diaria. Así que, tal vez, el problema radica en la utilidad del contenido, en la forma en que se enseña, y en la capacidad de un profesor y de sus familias para comprender esas dificultades. Siempre va a ser más sencillo poner una tirita en un problema e intentar hacer una vida normal con ella, enmascarando un problema que no queda resuelto.

    Enmascarar es un término que me lleva inmediatamente a las altas capacidades, por cierto... Nos creemos (y he oído en esta facultad) que no presentan dificultades educativas, pero, presentan muchas, en realidad. A menudo tienen más facilidades para la adquisición de aprendizajes y conceptos, pero, ¿qué hay de lo que circunscribe a ese proceso? Comentaba yo en un grupo de madres (y padres... creo que hay dos) sobre un dibujo de una niña con una máscara, en el que escribe "Eres el Nº1, más fuerte. Para todos los niños y niñas que también llevan una máscara y no sean como quieren ser." Enmascarar es una estrategia para que el sistema educativo no les pida más perfección. Saben que tienen una alta capacidad, pero, ¿por qué por ello tienen siempre que tener un rendimiento óptimo? ¿Por qué, además, tienen que disfrutar del colegio? ¿No pueden aburrirse? ¿No pueden estar prefiriendo hacer otras cosas? A pesar de tener capacidad, no se sienten útiles en un contexto limitante, aburrido, poco estimulante, como son unas clases con un contenido obligatorio y poco conectado con la vida cotidiana. Y, al mismo tiempo, hay que trabajar la humildad, la adaptación al contexto que les rodea. Necesitan límites, no limitaciones. No siempre se puede tener todo lo que se desea, pero siempre quieren y se les pide llegar más allá, más lejos. Por lo que, ¿por qué no se trabaja la autonomía y el entretenimiento? ¿Por qué no se trabaja el concepto del ocio activo y del tiempo útil? ¿Por qué no se integran sus intereses en su proceso de enseñanza - aprendizaje, como una persona probablemente haría si no tuviese que ceñirse a las normas de un centro educativo?


    Todo esto, claro, limitándonos al contexto educativo. La educación se da en la familia. En el núcleo, y en la extendida. Se da con los amigos. Se da en la calle. Se da en los comercios y los servicios. Se da en las asociaciones. Se da en el vecindario. Se da en los ambulatorios y hospitales. En la carrera apenas se han abordado otros ámbitos, pero todo lo que se sale de lo reglado resulta mucho más interesante por no tener tantas limitaciones burocráticas. Sin embargo, invertir en el ámbito social depende de invertir recursos privados en ello, no dependen del Estado del que se debería poder depender (y que actualmente tampoco resulta fiable). Es una lástima que la carrera de Pedagogía se haya vuelto al servicio de la Escuela utilitarista, y no al revés, que la Pedagogía haya conseguido volver a la Escuela un lugar donde integrar la educación en todos sus procesos. Nos hemos olvidado de estudiar las familias desestructuradas. El proceso de construcción de identidad. Los barrios marginales y conflictivos. Las necesidades socioeconómicas. La seguridad. El barrio y el ocio. La salud mental y física. Todo ello lo consideramos obstáculos de lo que debería ser el proceso de enseñanza-aprendizaje óptimo. Cuando, tal vez, es que el proceso de e-a no puede ser óptimo, sino que cada cuál sigue el suyo con sus determinados obstáculos, y hay que aprender a convivir con ellos, no a anularlos. ¿Se le puede pedir a un niño de 8 años que ha intentado suicidarse, o que ha sufrido un abuso sexual, que siga sacando dieces y que su problema no le afecte a sus resultados? Eso sí termina de destrozar las mentes, porque aprenden que sus problemas no valen nada. Y son esos problemas los que enfrentarán en su vida real de adulto. Las dificultades educativas se quedan atrás cuando se sale del ámbito educativo.

    Hay que tener en cuenta que hay metodologías pedagógicas y proyectos educativos muy interesantes. Hay escuelas que sí consiguen integrar esta vida cotidiana en sus clases. Que comprenden que es más importante aprender de forma espontánea que de forma reglada. Pero, nos los cuentan como si esa fuese nuestra función, nuestro objetivo a alcanzar. La realidad del sistema educativo es muy diferente. No puedes llegar y cambiar el mundo solo porque te lo propongas. Hay una regla básica, que es la adaptación, que parece que se ha olvidado en la carrera de Pedagogía. Nos tratan como superhéroes de la educación, cuando la realidad es que vamos a llegar hasta donde podamos llegar. No podemos acudir nosotros a ellos, sino ellos a nosotros. Debemos ser... fuentes de luz. Sembrar en ellos y ellas la calidez de la luz, la claridad, el confort con uno mismo, conocer sus capacidades, sus fortalezas y debilidades, sus intereses, y hablar de todos los temas que forman y formarán parte de su realidad. La sexualidad, la orientación y el género, la política, la economía, el consumismo, la negligencia y el elitismo, la violencia, el uso de pantallas, el ocio activo y pasivo, ¿por qué todo esto se deja fuera de las clases cuando es precisamente en lo que hay que educar? ¿Porque le pertenece a la familia? ¿Cuándo hemos dejado de ser aquello que la familia no puede ofrecer? ¿Cuándo hemos dejado de ser esa oportunidad, ese eslabón para conocer el entorno más allá de la familia? ¿Por qué la Escuela se ha vuelto una Fábrica de Trabajadores?

Desahogo: Quisiera ser y no ser...

Quisiera... dejar de tener altas capacidades. Quisiera dejar de tener que contarlo como parte de mi identidad. Quisiera no tener que contarl...