A las muy buenas. Soy Christian San Pablo Barragán... alias, el Caballero de la Coletilla. Durante un tiempo apenas se me ha visto el pelo, a pesar de tenerlo tan largo, pero por fin he salido de mi letargo.
Llevo una temporada malherido. Estuve disimulándolo durante mucho tiempo, siguiendo con mi vida normal tan sobrecargada, pero tenía una profunda herida bajo el traje que, aunque ya no sangraba, la costra se infectó y contaminó todo lo que mi cuerpo sentía, debilitándome poco a poco hasta el punto de casi costarme la vida. Esa herida fue causada por el Fantasma de la Exigencia, con quien aún fraguo una batalla que intuyo será interminable.
He tenido que refugiarme durante bastante tiempo en los portales de mundos virtuales, cambiando súbitamente de uno a otro para regresar lo menos posible a la dolorosa realidad, en la que el fantasma me estaba buscando. Desconectado de la vida real. En esos portales, sobrevivía a los ataques de todos mis fantasmas. Dentro de esos portales no escuchaba la poderosa voz con la que me hechizó este fantasma, esos ecos, los "no eres suficiente", "no eres capaz", "no estás consiguiendo nada", "no sirve para nada tu esfuerzo". Cada vez que salía a algunas de las muchas responsabilidades en las que me encontraba, los ecos volvían. Yo creía firmemente que tener ocupaciones y contribuir en muchos proyectos que me diesen visibilidad, y que no solo me beneficiasen a mí sino que mejorasen el bienestar de otros, me haría sentir suficiente y válido; pero era todo lo contrario: quería más. Cuanto más hacía, más tenía que dosificar mi esfuerzo y atención. Y en vez de sentirme alegre por participar, más incapaz me sentía de abarcar con todo. Me costó entender que eso era exactamente lo que mi fantasma quería; había caído en su trampa. Cuando lo entendí, empecé a tener miedo de que me encontrase, y a menudo entre actividad y actividad me daba caza y tenía que combatir, impidiéndome lo más mínimo disfrutar de esos espacios. Mi grupo de juglares, las investigaciones, la Defensa Estudiantil, mi trabajo... Incluso, mi pareja...
Mis estudios también se resintieron mucho. No solo por no invertirles suficiente tiempo, pues investigar los portales me impedía dedicarles tiempo. Es que, dejaron de serme motivantes. Me pasé mucho tiempo sintiéndome incapaz de ser ese superhéroe que pretendía ser cultivando mi luz en esta carrera, criticando las dificultades encontradas solo por el hecho de sentir que no tenían solución. Perdí mi rumbo e intenté buscar la solución a esos problemas. Y es que, la solución... estaba en mí. Precisamente, en aprender a manejar mi luz. El Fantasma de la Exigencia estaba teniendo éxito, porque era incapaz de apuntarle directamente a la cara con mi luz. Siempre odié sentirme tan inteligente; es el resto de personas las que me hacen sentirme más superior de lo que soy. Mi proyección de lo que debería ser es mucho mayor de lo que me creo, y ninguna de las dos es real. Todo el mundo dice que tengo tanto talento, pero nadie me ha enseñado a utilizarlo, y por tanto, lo derrocho. No me creo capaz de conseguir mis objetivos porque quiero conseguir directamente hitos muy grandes, me salto todos los pasos intermedios porque deberían cumplirse con mi luz. Pero no se cumplen, simplemente, no los veo, porque no estoy apuntando hacia ellos. No sé enfocar mi luz. No sé esforzarme.
Poco a poco, estoy aprendiendo a combatir el Fantasma de la Exigencia. Aún tiendo a huir de mis tareas y a dedicar mi tiempo al ocio que tanto echo de menos y con el que me distraigo con suma facilidad solo con mi imaginación. Aunque siento que lo estoy consiguiendo. Soy más consciente de a qué dedico mi tiempo, y tengo muchas ganas de ponerme a crear de nuevo. Pero, este fantasma no estaba solo, pues se buscó dos aliados muy poderosos, uno de ellos ya conocido. Me costó mucho identificarlos. Pero, gracias a todos los esfuerzos conjuntos, puedo saber qué forma tienen y qué pretenden. Gracias a que me sentí tan identificado mientras estudiaba los trastornos de personalidad, pude entender muchos de los rasgos que a mí me definían, e incluso indagando más, supe qué los estaba causando. Los dos fantasmas me llevaban acompañando desde pequeño, antes incluso de la Exigencia. Esos dos fantasmas eran la Soledad y la Salvación.
El Fantasma de la Soledad comenzó a crecer cuando recibía bullying en el colegio. En el colegio no era el blanco de todas las críticas, pero sí era rechazado. Supongo que era tan inteligente que tenía una forma rara de pensar, tan sensible que lloraba o me enfadaba a la mínima, y tan peculiar que no compartía las aficiones con la mayoría de mis compañeros. Era un niño curioso, inquieto pero muy tranquilo. Me gustaba estar haciendo siempre cosas, pero cosas no necesariamente agitadas, sino creativas. No tenía muchos amigos, aunque a solas todos se llevaban bien conmigo. Solo aquellos que siguiesen mi creatividad se quedaban a mi lado. A mitad de primaria, el bullying desapareció, y con ello gran parte de los problemas que yo sentía. Sin embargo, era muy inseguro para socializar, y ello siempre estuvo presente. Sigo sin saber iniciar conversaciones, y me creo que no tengo nada interesante que aportar al resto, a pesar de que conmigo la gente es incapaz de dejar de hablar. Durante el instituto no tuve conflictos, pero me empecé a sentir muy solo. Esta situación se alineaba con varios de los fantasmas que combatí durante la adolescencia, en especial, con el de la Autoestima, que vencí gracias a mi aliada Ewelina, quien me enseñó a ser adulto y a encontrar quién yo quiero ser. La soledad nunca se fue, y empeoró en la FP, donde de nuevo recibí bullying, y esta vez mucho más severo, con ataques en lo personal. Preferí estar solo, desarrollé una personalidad muy esquiva e inestable, y dejé a muchas personas atrás. A veces quería estar, a veces no. Durante la carrera, me he informado de que estas actitudes son típicas del TLP. Así que, entender que mis conductas más drásticas en las que me voy y vuelvo del lado de la gente se producen por el miedo a ser yo quien les hace daño, me permitió mucho volver a intimar, sin miedo a expresar mis emociones tan intensas, una vez me ofrecieron un espacio seguro.
Y es que... el otro fantasma fue un gran desconocido para mí hasta hace muy poco. Mi psicóloga durante los 16 lo vislumbró, pero nunca lo identificamos. Me comentó que ayudaba a la gente para sentirme yo bien conmigo mismo. Yo no era una persona egoísta, así que lo descarté por completo. Pero, era precisamente eso. Rescatamos ese tema con la psicóloga actual cuando detectó que me creía una especie de superhéroe... Me llamó narcisista. ¿Yo, narcisista? Si odio presumir. Bueno, es que hay dos tipos de narcisismo: el ególatra que necesita sentirse superior al resto para sentirse bien consigo mismo... y el salvador que para estar bien necesita asegurarse que todo esté bien, y lo hace a través de resolver los problemas. Así que eso tan complejo era aquel fantasma. Era el Fantasma de la Salvación. Y tenía claro su origen. Cuando la situación en mi colegio mejoró, la situación en mi casa empeoró. Mi madre desarrolló una ansiedad que casi se la lleva consigo en varias ocasiones, necesitando tratamiento psicológico y psiquiátrico. Esto me posicionó como su salvador. Cuando mi hermana nació, yo pasé a ser un cuidador más. Trataba de robar la menor atención posible, trataba de esconder todos mis problemas para que todo estuviese bien. Trataba de no salir de mi habitación, viajando de portal en portal. Obvio, no siempre era posible. Al sentir soledad, aprendí que la gente no suele tener alguien a quien contarle sus problemas. Y descubrí que la gente a menudo me contaba cosas que no contaba a otros. Secretos, desahogos, problemas... ¿Había aprendido ese manejo emocional de escuchar a mi madre? El caso es, que acabé rodeándome de gente con muchos problemas, a la que yo hacía muy feliz, pero que difícilmente ellos me hacían felices a mí cuando yo tenía una crisis. Aprendí durante mucho tiempo a gestionarme yo solo, ya que yo no podía ser débil y tenía que avanzar (la exigencia, una gran aliada...), y a socializar a través de escuchar problemas y de causar que las personas dependan de mí emocionalmente. Varias de las amistades que hice en esa época eran personas igual de incompletas que yo, a las que pretendía ayudar con sus problemas. Lo conseguí con alguno, pero otros casi me arrastran consigo. A pesar de querer irse, muchos acababan volviendo porque me necesitaban, sin poder resolver sus problemas. Y yo tampoco les dejaba irse, porque necesitaba su cariño, pero su problema era una fuerte interferencia que había que resolver. No supe lo que estaba haciendo... hasta que encontré a una persona que tenía exactamente la misma problemática que yo: el Oso. Al identificar en él los mismos patrones que yo usaba, al intentar usarlos conmigo y yo con él, ello nos ha permitido a ambos progresar en nuestro esfuerzo de priorizarnos a nosotros mismos. No sin haber tenido numerosas crisis y tropiezos.
Conocer todo esto sobre los fantasmas que me persiguen ha sido posible gracias a formar una red de apoyo, muchos contactos con los que he podido contar cuando me he sentido arrinconado, o he sido herido por estos fantasmas. Desde esta red, era posible contemplar con perspectiva qué es lo que estaba pasando, ayudándome con las opiniones de otras personas y la ayuda desde un punto de vista externo, no tan sometido a las mismas emociones a las que yo estoy sometido. Gracias a mis esfuerzos, las tantas veces que he dicho que ya es suficiente y me he parado a analizar qué me llevaba a actuar como estaba actuando, tan desconectado, tan exigente. Gracias a los esfuerzos de mi pareja el Oso por escucharme y analizarme, por permitirme un espacio en el que hablar, y alguien a quien querer y cuidar mientras soy querido y cuidado. Gracias a mi psicóloga por llevarme la contraria en tantas ocasiones. Gracias a mi mentor, el Despeinado, por ofrecerme tantas oportunidades y por permitirme declinarlas sin remordimiento, ya que eso me hizo identificar que no estaba preparado para brillar porque soy un derroche de luz. Gracias a mis amigos más íntimos por tantas tardes de desahogos con ellos, a mis compis de carrera por permitirme exigirles en los trabajos mientras aprendo a ponerme límites, al Estratega de Tablero por soportar todas mis quejas sobre las exigencias a las que estaba sometido. Gracias a todos ellos por formar mi red de apoyo. Mi familia tampoco me va a dejar caer, pero pretendo aprender a volar fuera del nido. Este Caballero... vuelve a la batalla. Y esta vez, aprenderá a utilizar su luz de manera efectiva.
Este es mi cuarto tomo, completo en formato electrónico, con mi nuevo cuaderno. Dado que ese invento llamado IA era necesario para el trabajo, he decidido utilizarlo como corrector ortográfico, para que todo lo que pasa desapercibido para el corrector ortográfico que funciona con algoritmo, en concreto signos de puntuación, tildes, etc., pueda ser revisado por una IA que trabaja con lenguaje. No me preguntes qué es la IA, es un invento que aún no he conseguido descifrar del todo. Solo entiendo que es una especie de persona no viva que está en todas partes y que puede crear lo que le pidas...
No hay comentarios:
Publicar un comentario