martes, 16 de diciembre de 2025

Testimonios de N., sobre guardar sus sentimientos. El atractivo de la sombra.

Estoy huyendo, lo hago constantemente, 

huyo y me escondo.

No sé de qué, ni dónde 

pero huyo

esperando que alguien me vea,

que me noten,

esperando ser lo suficientemente buena

para que me miren. 


Y me frustro, 

me frustro tratando de encontrar un espacio en el que encajar,

uno en el que mi presencia valga la pena,

en el que respirar mi mismo aire no asfixie, 

donde me llamen para verme cinco minutos 

aún sabiendo a ciencia cierta que ese es mi error: 

esperar recibir lo mismo que doy, 

siendo mi tortura personal, 

exponiéndome a las mil decepciones. 


Entonces sí, 

huyo, huyo, y cuando creo que estoy llegando,

vuelvo a huir,

como si nunca nada me saciará.

Y aunque lo hiciera….

ella no me dejaría.

Por mucho que quiero huir,

tengo que vivir conmigo.

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Nunca he sido la mejor amiga de alguien, 

ni la más importante, 

ni mucho menos la más especial, 

más bien he sido la sombra, 

aquella que siempre está, 

esa que nunca deja de sonreír.


Nunca he pertenecido a un grupo,

ni me han hecho partícipe de alguno, 

siempre fui la amiga de reserva, 

aquella que llaman cuando alguien falla. 


Me debato constantemente en si encajaré 

en algún lugar en el mundo,

en si realmente existe un lugar

donde no me hagan sentir invisible, 

donde noten mi presencia. 


Quiero gritar y que me escuchen, 

pero siempre hay alguien que tiene algo más interesante que contar. 

Siempre habrá alguien que me supere, 

porque ni en lo académico destaco, 

provocando que todo el esfuerzo sea en vano. 


Ojalá alguien confiara en mí. 

Ojalá yo misma confiara en mí.

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Lo siento, 

siento si soy una carga por no estar bien, 

siento si destruí recuerdos, 

siento si no fui suficiente, 

siento si te insisto demasiado, 

siento si a veces soy muy pesada, 

siento si hablo mucho de mí, 

siento si no soy capaz de expresarme, 

siento si me río mucho, 

siento si estoy demasiado callada, 

siento si me disocio continuamente, 

siento si a veces la impulsividad me puede, 

siento si me pasé bebiendo alguna vez, 

siento si abusé de tu confianza.

Siento tener ansiedad, 

siento no saber hacer las cosas bien, 

y siento no poder comer bien, 

siento verme gorda, 

o siento si mis pensamientos me ganan, 

siento llorar con facilidad, 

y siento ser tan sensible, 

siento no ser capaz de abrirme.

Siento si descuidé alguna vez tu amistad, 

siento si no sé valorar las cosas, 

siento si entro en bucle, 

siento si colapso cuando hay mucha gente, 

siento no haber visto las señales, 

y siento haber arruinado quedadas, 

siento que me tocaran sin consentimiento, 

siento no saber pedir ayuda, 

siento que mi psicóloga se rindiese conmigo, 

siento arruinar cada cosa que toco, 

siento aislarme cuando el mundo se me viene grande, 

y siento hacerte pasarlo mal, 

siento no poder confiar, 

siento ser tan pesimista, 

siento estar tan triste, 

o tan feliz, 

sin tener punto medio. 

y siento ser yo. 

Porque si me dijeras que me odias, 

te diría que yo me odio más.

Porque he perdido demasiado 

por no encontrarme bien.

Porque he perdido demasiado

para no encontrarme bien.

Y que si me concediesen un deseo, 

sería recuperarme.

Testimonio de S., sobre vivir esperando más de la vida. Consume la vida, o la vida te consume.

No se cómo sentirme la mayor parte del tiempo, siento que estoy disociada y que me devora el espacio y me consume el tiempo.

No sé por qué a veces me despierto y solo siento tristeza, y otras me quiero comer el mundo pero en el fondo nada me interesa. No sé si he perdido la motivación, o he estado mal siempre. Si mis piezas están rotas. Por qué no soy coherente. Mis deseos y mis acciones nunca coinciden, ¿pero la culpa es mía, del resto, o de que todo me deprime?

La verdad... solo sé entrar en bucles y tirarme a mirar el tiktok, videos sin contenido o programas de humor. Me sacan de la rutina, de mi cabeza y a la vez siento que me envenenan, pues no soy productiva, y me apaga el sistema.

Quiero ser productiva y no me siento capaz de ser productiva. Me siento atrapada. Acorralada por mi habitación. Acorralada por un tiempo que sigue avanzando con prisa, no se detiene por nadie. Avanza o te quedas atrás.

Ya qué más da, si siento que ya es tarde. Existo por existir o quizás tengo una causa que no es palpable. A veces todo cobra sentido y otras no veo el camino, ya no sé por donde tirar ni en qué creo ni a quién sigo. Ser alguien es lo que ansío, una identidad es lo que persigo.

Si me escucho a mí todo el rato creo que me pegaría un tiro. Puede que ya nada me vale porque yo fui mi peor enemigo. Por traiciones de amigos es que ya mi corazón es frío, y puede que solitario, pues ya no confío. 

Tantas traiciones, que llegue a un nuevo lugar, incómodo, cerrado. Una prisión mental. Y siempre en mi cabeza pensé en que no debía hablar, que mejor sola que mal acompañada, pues para qué contar mi vida, si solo tenía miedo de que de nuevo me pasara.

Sentirme sola, sentirme sin ganas, sin poder expresar, sin llorar, solo dando una fachada, puesto que a nadie le interesaba como estaba. Entre tantas cosas, estudiar me desagrada, pues solo tengo ganas de tirarme en mi cama. Qué me han enseñado, qué me han motivado, si aquí tampoco puedo ser yo.

Ojalá pasarme el día tocando la guitarra o el piano, o cantando y bailando con mi gente, y no ir a trabajar, ni a la universidad. Ojalá no tener ninguna responsabilidad para poder respirar, reflexionar, y amar. No hagas nada sin amar. La vida avanza y te deja atrás, intento llevarle la delantera.

Aunque empecé motivada, se quemaron mis ganas, y poco a poco en mí ya no hay llama. Dicen que tengo que hacerlo, que si no no seré nada. Pero, en mi interior, seguiré sin ser nada, pues pretendo ser mucho y la vida no me acompaña. No entienden lo que es no tener esperanza.

Quizás mejore, pero a veces dudo, pues desde menor, guardo pena. Un sentimiento profundo, que en mi pecho entierro y hundo, para olvidar todos esos abusos, toda esa maldad, todos esos momentos ahora difusos. Sentirme desde pequeña víctima de un silencio confuso.

Solo sé que la vida me consume, pero que saco fuerzas. Un amor que poco a poco me reconstruye, porque el amor hace que de mí tanto no dude. Si no fuera por él no sabría si algo a esta vida me une o solo sería un ente flotando e inmune a todo sentimiento, o que todo le repugne.

Testimonio de E., sobre la ansiedad social en la universidad. Mi querida compañera, buena amiga y mejor enemiga.

Pensé que al entrar a la universidad ya lo había superado. Un nuevo comienzo en el que dejar atrás todo aquello que sentía en bachillerato. Esa voz que saboteaba mis esfuerzos y mi concentración. Sentirme que estoy simplemente porque ocupo un espacio físico, pero no tengo presencia. Me sentía invisible para el resto, y precisamente porque no podía serlo, empezaba la ansiedad. Por no poder ocultar mi miedo. Por que me vieran solo, y supieran que estoy solo. 

Todo eso... se estaba desvaneciendo. Afrontaba la soledad de forma optimista, como una conexión conmigo mismo para reflexionar y mejorar. Tenía una nueva oportunidad de que me conozcan a mí, y no a mi ansiedad, y de aprender a vincular. Lo estaba consiguiendo.

Pero este año, vuelve a acosarme de nuevo.

Qué duro fue volver a la facultad y tener que enfrentar estas emociones de nuevo. Qué duro es tener que enfrentarlas cada vez que recuerdo que este año estoy solo. Que mi grupo ya no está. Que estoy expuesto a las miradas de mis compañeros, que me conocen pero no me quieren conocer. Creen que soy raro. Si supieran...

Cuando me ataca la ansiedad social, siento que debo escapar del lugar donde estoy, incluso, de mí mismo. Me duele el pecho, se me hace un nudo en el estómago y me sube la presión arterial. Lo noto. Me cuesta respirar. Me cuesta pensar. Me siento observado, juzgado, repudiado... Como si no debiera estar ahí. Como si hubiera sido un error el intentar integrarme a alguna actividad, meterme a estudiar o, simplemente, socializar. En el fondo me siento enormemente incomprendido. Temeroso de la impresión que pueda causar.

En el momento que me siento así, incomprendido... Un inadaptado social... siento una enorme tristeza acompañada de un irremediable dolor. Pues, al pedir una respuesta a mi interior, este me responde con una verdad de la que siento que nunca podré escapar: la negligencia que sufrí de niño. La violencia, el caos, los gritos, la tensión, reprimir mis emociones para no formar más conflictos. Ese mecanismo de supervivencia que surge a raíz de crecer en un entorno con personas altamente inestables: inhibir mis emociones para protegerme como ser humano y para evitar ser castigado por expresarme. Siento que es por culpa de mi familia, y de las situaciones que me hicieron vivir a su lado, el por qué soy un inadaptado social incapaz de relacionarse con sus semejantes. No me dejaron ser niño. No me dejaron sentir.

No podía relacionarme con los demás niños. No sabía. Y porque no sabía, sentía su distancia física y emocional, como si me evitaran porque no me identificaban como un igual a pesar de tener la misma edad. Precisamente por eso aún no sé hablar con gente de mi edad. Me relaciono mejor con adultos porque busco su constante aprobación, que me vean como un igual ya que no se me permitió ser niño y no sé comportarme de otra manera. Si me equivoco, es normal, ellos saben más que yo. No me siento juzgado, no tengo que vigilar cada palabra que digo para gustarles. Si supieran que estoy aprendiendo a socializar...

Depresión, traumas, soledad, exigencia... Mi ansiedad social se siente como si hubiera una caja de Pandora en mis recuerdos, que está llena de dolor y sentimientos negativos, la cual si sigo recibiendo el estímulo que me hace despertar esa ansiedad, esta corre el riesgo de abrirse y hacerme sucumbir ante un posible episodio depresivo. Por eso trato de escapar del lugar donde me siento observado, intimidado, juzgado... pero solo. Y una vez que lo consigo, hago lo posible para escapar de mí mismo a través de canciones que me ayuden a gestionar las emociones resultantes antes de que vayan a más y la caja termine por abrirse. Canciones que hablan de lo mismo que yo siento, de lo mismo que yo viví, para sentirme comprendido, validado y acompañado. Busco refugio en los espacios más escondidos de la facultad, para estar realmente solo y dejar de sentirme solo. Con mis cascos, aislado del ruido. Donde nadie me vea así. Agitado. Vulnerable. Huyendo de la realidad que me persigue.

La gente tiende a juzgarme por mi edad, me dicen que es normal y que ya se me pasará. Es triste, pero hay que afrontar que quien no lo padece, jamás la entenderá como yo. Todos en algún momento la conocen. La temen, la evitan por ser un monstruo invisible que no se va. No se va. Era así en Bachillerato, y es así en la actualidad. Lo cierto es que, cuando la ansiedad es tu compañera, es más complejo de lo que a simple vista se puede observar. A veces aunque el estímulo se acaba, sigue insistiendo en el peligro. Me acompaña en el tren de vuelta a casa, haciendo tareas, en la ducha, hasta me canta una canción al acostarme. Detente ya por favor, y ¡déjame dormir! Pese a todos mis esfuerzos, me sabotea, me susurra al oído que todo saldrá mal, me hace sentirme impotente, muchas veces inútil e incluso me aleja de los demás porque no sé relacionarme y no soy alguien interesante.

Es difícil compartir esto. Es difícil decir que estás rodeado de gente, y que te sientes solo. Es difícil decir que echas de menos. Es difícil decir que... quieres más atención. Te dicen que hables más, que hagas más amigos, que eres tímido, que conozcas nueva gente, que no te van a comer... No entienden que es difícil. Es difícil acercarse si hay una fuerza que tira de mí.

Aún así, yo tiraré con más fuerza en la dirección contraria. Estoy acostumbrado, llevo arrastrando esta carga toda mi vida. Gracias a mi maestro por darme lo que nunca le pedí: fortaleza. Una familia en la que ser yo mismo, y crecer. Gracias a vosotros sé que no estoy solo. Poco a poco me familiarizo, voy reconociendo los ataques de ese fantasma, sus tirones. Voy aprendiendo en la batalla, voy anticipándome a sus pasos. Aprendo a equivocarme y a no querer huir por ello. He conseguido apoyos. Y, poco a poco, aprenderé a tener más.

Testimonio de G., sobre cómo su vida personal afecta a la universidad. Mochila de heridas.

Empecé la carrera en 2022 con una mochila más cargada de heridas que de libros. Venía de una relación que me cortaba las alas, que me encerraba en una jaula hecha de control y miedo. En casa, el amor también dolía. Un día era hija, al siguiente una extraña. De un divorcio nacieron dos nuevas vidas, como si todo pudiera recomenzar en una semana, mientras yo seguía con un duelo que nadie veía. Mi mejor amiga también se fue, y la familia que quedaba se volvió distancia.

Así llegué a la universidad como quien busca aire después de un naufragio, esperando que alguien me mirara sin juicio, que alguien se quedara. Intenté hacer amigos, pero mis grietas hablaban antes que yo. Me refugié en el alcohol, no por diversión, sino por descanso. Por unas horas, el ruido se callaba y podía reír sin pensar. Hasta que una noche, ese refugio se convirtió en veneno: fui víctima de un abuso sexual, y sentí cómo se rompía la poca confianza que me quedaba en mí y en los demás.

Desde entonces, la palabra “confío” se volvió un eco lejano. Aun así, conocí un grupo que me vio sin miedo, que sostuvo mis ataques de ansiedad y me escuchó sin corregirme. Con ellos sentí que pertenecía, aunque el miedo al abandono me hizo alejarme otra vez.

Aun con todo, algo empezó a sanar. Aprendí a mirar mis heridas sin huir, a pedir perdón por lo que hice desde el dolor, a transformar la culpa en aprendizaje. En las clases, entre proyectos y palabras, descubrí que podía convertir el dolor en propósito, que mi historia, por rota que fuera, también podía construir algo bello.

Ahora uno de mis parientes lucha contra el cáncer, y aunque la vida sigue poniendo pruebas, me reconforta saber que el profesorado me ve, que me pregunta cómo estoy; y que ese gesto sencillo me recuerda que no estoy sola. Porque lo más importante en una comunidad no es que te salven, sino que te hagan sentir acompañada, que tu voz, con todas sus grietas, también merece ser escuchada.

Tal vez algún día yo sea esa persona que ve lo que otras no ven y que da voz al silencio.

viernes, 12 de diciembre de 2025

CAPÍTULO 3: EL ARTE DE CURAR A TRAVÉS DEL ARTE

     El Caballero estaba realizando una de esas pruebas durante su carrera: Formación Artística. La Musa de Pelo Cobrizo les pidió realizar un diario en el que experimentar con las técnicas artísticas que se hacían a lo largo del curso; oportunidad que el Caballero aprovechó para realizar su tercer tomo. Mientras trataba de conectar consigo mismo, se dio cuenta de que solo encontraba dolor, espinas, fragmentos. Una vivencia, la pérdida del Semidiós Polifacético, se había enquistado, y los pensamientos intrusivos volvieron. Quería estar solo. Era lo que merecía. En su cuaderno, mostró sus fragmentos, con infinidad de críticas, y trató de repararlos con oro. También plasmó en un tablero su infancia y adolescencia, llena de rechazo, hasta el momento de decidir estudiar Pedagogía. Le escribió una carta a una niña acosada desde el punto de vista del acosador. Solo así, en el momento de plasmar todo eso, se dio cuenta de cómo se sentía. Lo vio: un nuevo fantasma estaba envolviendo al Caballero, un fantasma de aspecto espinoso que le hacía creer que las personas que estaban a su lado acababan dañadas. Decidió no darle tregua y ponerse en contacto con una terapeuta de las que reparan mentes, una de esas mentalistas que sonríen y escuchan y aconsejan.

    Le llamaron rápido. Querían probar una nueva técnica a través del movimiento de los ojos, para desbloquear recuerdos que se enquistan como un trauma. Era... perfecto, ¿no? Pero, enseguida su terapeuta detectó que esto no consistía en un tronco que bloqueaba el río, sino en un árbol entero, con profundas raíces. Y que, posiblemente, habría más de un tronco. Por lo que descartó el experimento y lo aceptó como uno más de sus pacientes. El cuaderno artístico acabó en manos de la terapeuta, pues contaba muchas historias y encapsulaba sentimientos muy intensos y permanentes en la vida de nuestro Caballero. Durante todo un año, esa terapia tuvo idas y venidas. Su terapeuta no era de las que aconsejaban sin primero corregirte aquello que estabas pensando mal, lo que a menudo provocaba choques. Tuvo momentos en los que se sentía verdaderamente ineficaz, y momentos en los que revelaba una información totalmente relevante para entender. Pero, a menudo, la mentalista sólo quería explorar lo que nuestro Caballero llevaba trabajando durante años: la inestabilidad de sus vínculos familiares, las traiciones de sus vínculos elegidos, la soledad y el aislamiento a través de los videojuegos... Revivir todo eso, de hecho, estaba removiendo todo lo que ya estaba superado. Nuestro Caballero quedó en una situación muy inestable, y a punto de abandonar... todo. De abandonarse a sí mismo.

    Sin embargo, se mantuvo. Porque tenía esperanza de repararse, de reparar su mente. Quería encontrar la esperanza en algún sitio. Los mensajes que se decía a sí mismo, no podían ser reales. Porque, aún había gente que, de alguna forma, le apreciaba. Y, aún tenía oportunidad de encontrar más gente que le apreciaría. Debido a la inestabilidad de las heridas del Caballero, la mentalista le ofreció varios pasos a seguir si esas heridas dolían mucho.

    La terapia coincidió con el grupo de juglares, la primera etapa fue de apertura al mundo, y la segunda etapa fue de repliegue. Muchas de las reflexiones hechas en este grupo llegaban también a la mentalista. Las nuevas conexiones, los textos sobre los miedos y las emociones... y, efectivamente, aquel ataque del Fantasma de la Exigencia. El Caballero supo defenderse de sus garras gracias a las técnicas que le dio la terapeuta, una de ellas fue pedir asistencia siempre de quien pueda asistirle. En esa ocasión, fue el Estratega de Tablero. Esta vivencia fue un punto de inflexión en la terapia, pues, la mentalista encontró un auténtico riesgo de perder la batalla contra un hechizo tan poderoso. Tuvo que emplearse a fondo para eliminar los residuos que dejó ese fantasma. Acabando el curso, dejó una semilla de paz, que germinaría durante las vacaciones del Nacimiento. "Olvídate de todo lo que no seas tú, descansa, piensa en qué es lo que quieres y qué necesitas para estar bien. Y ya luego, asegúrate de cumplir los plazos con mucha más fuerza". No fue fácil, pues, le reclamaban su atención constantemente, y su trabajo en la cocina se había vuelto muy exigente en estas fechas. Pero el Caballero trató de cambiar su forma de pensar, y supo que, a partir de ahora, empezaría a soltar presiones. Admitió que tenía demasiadas responsabilidades, y trató de empezar a priorizarlas, sabiendo cuáles no dejaría bajo ningún concepto, y cuáles sí estaría dispuesto a dejar. Así, la terapia quedó en primer lugar, por delante incluso de la carrera, y el grupo de juglares quedó en último lugar.

    Todo comenzó a mejorar a partir de esas vacaciones, a partir de establecer una prioridad. Consiguió concentrarse y superó con éxito (aunque no sin resentimiento) todas las pruebas. Y, vuelta a la rutina, pero esta vez con más ganas. Especialmente, de esta nueva etapa en el grupo de juglares, en la que por fin se haría una obra de teatro. A pesar de que el grupo de juglares se volvía inestable, la unión entre sus miembros seguía existiendo. La Canaria Inquieta pidió participación para un proyecto de Sanación Artística. Parecía un nuevo hechizo de curación bastante raro... ¿Por qué no? Ays, lo volvió a hacer. Una nueva responsabilidad. En fin, ya que se comprometió, tendría que ir. Ya en la primera sesión se dio cuenta de que tal vez eso sería impactante. Pues, con una sola foto, una foto de su familia, tenía que contar qué significaban para él. Y, en un punto de inflexión en la terapia lleno de contradicciones y de sentimientos encontrados, no pudo describir a su familia como algo bueno o malo, sino, como algo de lo que debía liberarse. Eso era muy grave. Pero tan cierto... Sí, tal vez este nuevo compromiso estaría bien.

Llegaba tarde a todas las sesiones. Porque se dormía tarde y se intentaba despertar pronto, pero no lo suficiente. Salía tarde de casa, y encontraba los caminos llenos de caballos de hierro. Pero llegaba. Por su compromiso y su bienestar, seguro que llegaba. No sabía la hora, pero siempre llegaba. Se sentía cuidado entre las alas de la Canaria Inquieta y en compañía de la Mirada Bondadosa y de la Roquera Atractiva, y, sin casi conocerse, logró una fuerte conexión con el Llorón Jugón. Y hacían reflexiones muy potentes en cada sesión a través de interpretar su producto: cartas, máscaras, figuras... En una de las sesiones más simbólicas, llevaba toda la semana agotado. Y llegó a la mitad de sesión. La sesión consistía en formar una pieza con arcilla y colorearla, pero a él ya se la dieron moldeada en forma de jarra. Apenas pudo darle algunas pinceladas de color naranja. Luego, habría que romperla, lo que liberaba mucha tensión. Y después, en volver a reconstruir los pedazos, los cuales ahora tendrían una nueva forma. Esto pretendía ser una metáfora de cómo aquello que se rompe no tiene por qué quedar roto, sino que las personas pueden reconstruir las experiencias horribles que han vivido para aprender de ellas. Pero para el Caballero tuvo otro significado totalmente imprevisto. Una tarea que le vino impuesta, que no pudo romper, y que, cuando intentó reconstruirla de otra forma, se quedó muy reseca y los fragmentos no empastaban bien. Tuvo que desechar varios de ellos, los que ya no le aportaban nada, y trató de quedarse con aquellos que aún tenían color. Los que tenían color... Desechar todo aquello que ya no sirve... Lo que ya no... aporta nada. Era una señal, sin duda. Ver toda esa arcilla hecha añicos... Ver todo aquello a lo que le quería dar una nueva forma, hecho añicos... No. Así no. Con prisas, no podría reconstruirse. No podría intentando empastar todos esos pequeños añicos que ahora le conformaban. Necesitaba aprender a desprenderse de aquello que ya no le aportaba nada. Algo que podría resultar muy difícil al Caballero, pues, tendía a rememorar historias pasadas con personas que un día le acompañaron y todo acabó mal. Tenía acumulados muchos recuerdos en su habitación, trastos que en realidad no servían para nada. Y responsabilidades que sentía que dependían de él. Su compañera de proyecto, la Mirada Bondadosa, también del grupo de juglares, decidió llevarse todos aquellos fragmentos incoloros. En la siguiente sesión, se los devolvió guardados en un frasco, llenos de color. Representaba la importancia de delegar. Algo también puede ser muy bonito visto desde fuera, cuando otras personas lo hacen. Así que, supo lo que tenía que hacer. Ese frasco a partir de ahora sería su amuleto para cuando sintiese que las responsabilidades volvían a desbordarle. Quedaría unido a las bridas de su caballo de hierro, que usaba para desplazarse entre todas sus tareas y le recordaría que muchas de esas cargas pueden formar parte de ese frasco. Y tenía ese frasco agarrado en la mano llegado el momento de decir adiós al grupo de juglares.

     Haber superado con éxito las pruebas más arduas de su formación. Empezar a priorizar, a sentir sus tantas ocupaciones como espacios en los que disfrutar, y a soltar aquello que no le causara beneficio. La compañía en el viaje del Guerrero con Piel de Oso. La mayor intensidad de las sesiones de terapia con su mentalista. El proyecto de sanación artística. La orientación del Despeinado de Perfil Rapaz. La complicidad con el Estratega de Tablero. Poco a poco se iban alineando los acontecimientos para lograr nuevos hitos en el proceso de sanación. Y, los que no estaban alineados, empezaban a resultar más fáciles de ser identificados.

Desahogo: Quisiera ser y no ser...

Quisiera... dejar de tener altas capacidades. Quisiera dejar de tener que contarlo como parte de mi identidad. Quisiera no tener que contarl...