domingo, 5 de octubre de 2025

CAPÍTULO 2: SER JUGLAR SE LLEVA DENTRO

    Allí estaba el Caballero de la Coletilla el día de regreso a las clases tras la época de calor, en la que se cancelaban las lecciones por comodidad. Dando la bienvenida a una nueva generación de futuros formadores que recién ingresaban en el Templo Complutense y en el Monasterio de Educación. Su objetivo allí era promover la Defensa Estudiantil, un equipo que velaba por los intereses y necesidades de los integrantes del monasterio, y el grupo de juglares del que nuestro Caballero era miembro, junto a otros que promovían otras actividades del monasterio y de todo el templo.    

    El Caballero llevaba seis meses en el grupo de juglares, y enseguida se había convertido en su espacio más íntimo. Dicha oportunidad le llegó en un momento de absoluta debilidad, tras los sucesivos abandonos y conflictos. Quería ser juglar desde muy pequeño, sentía que esa sangre le corría por las venas, que tenía talento para despertar las emociones de la gente y para comunicar no solo con su voz, sino con todo su cuerpo. Incluso con sus palabras, con su escritura. Lo único que le frenaba para ello era... no haber sido visto. No haber podido compartir su talento con nadie más allá de episodios puntuales que le habían acercado a esta afición. Su familia, desde muy pequeño, le animó a seguir caminos más estables, pues el ser juglar era muy incierto. Su familia quería dinero y estabilidad, la que aportaban aquellos relacionados con la ciencia. Aprovechando su intelecto, estos caminos no parecían lejanos. Siempre estuvo dando tumbos con su vocación. Al menos, el Caballero empezó a mostrar interés por cómo funcionaba el cerebro, y se propuso estudiar para entender cómo aprende y cómo se daña. Por ello, en su momento, estudió las Ciencias de la Vida. Pero actualmente estudiaba la Ciencia de la Formación porque era una vía más directa para entender el aprendizaje, no como algo neural, sino como algo social. La otra opción, la Ciencia de la Mente, quizá la estudiaría en un futuro, para entender los problemas que la mente puede presentar.

    Sin embargo, su ambición por ser alguien reconocido seguía ahí, dentro de él, sin haber sido alimentada. Y consideró que, este podría ser el espacio para ello. Lo que encontró fue todo lo contrario: un espacio en el que abrirse no hacia el resto, sino hacia sí mismo. Encontró meditación, encontró conexión, encontró un espacio seguro en el que compartirse y compartir su interior, no su exterior. Eso... ¿era otra forma de ser juglar? Llegó a un amplio espacio iluminado únicamente por velas, un salón de baile. Allí, una voz embelesadora, la del Guacamayo Juglar, les invitaba a tumbarse alrededor de la hoguera, junto con la Danzarina Perfumada, envueltos en una música que parecía sacada de tribus recónditas. Les invitó a tumbarse, les llevó a recordar su infancia, y su camino hasta llegar a ese grupo. Y les hizo capturar un sueño en una pluma, y colgarla en un atrapasueños.

    Poco a poco, fue conociendo a sus compañeros de grupo. Nunca se dijeron sus nombres, hasta el momento de presentarse con su interpretación. La Niña Adulta Artista, la Canaria Inquieta, la Rubia de Porcelana, el Adonis Tímido, la Mirada Bondadosa, la Madre Forastera, el Castañero Recio (quien tuvo que traer a su hija), la Madame Mélange, la Vinatera Culta, y varios más con los que nuestro Caballero no tuvo tanto trato. Algunos compartieron sus problemas para encajar, otros compartieron sus problemas con su apariencia, otros, su deseo de ser queridos, pero todos compartieron sus gustos y aficiones, y un profundo deseo de vincular.

    Nuestro Caballero se presentó compartiendo algo muy profundo para él, su presente: su voz destructiva en la cabeza, esa que aparecía cuando se quedaba a solas. Se vistió con una prenda que utilizaba en casa, un kimono negro estampado con representaciones de uno de esos mundos virtuales, con champiñones, flores y estrellas. Cubriéndose con la capucha que tenía, cuando se mostraba, hablaba el Caballero, y cuando se ocultaba, hablaba esa voz. Así, sin saberlo, expuso a su fantasma, y con ello consiguió asumir lo que le había supuesto el abandono del Semidiós Polifacético cantándole una canción que le recordaba mucho a él. Era la primera vez que cantaba en público, y lo tuvo que hacer de espaldas porque la emoción le invadió. Cuando terminó, se lanzó al público, y fue acogido con un abrazo. Su presentación fue un trago amargo que tenía que hacer para quitarse el regusto y poder volver a saborear. Desde entonces, compartió emociones, compartió miedos, experiencias, y varias cervezas. Lo más importante no era lo que pasaba dentro de ese momento, sino fuera. La unión y el vínculo, especialmente con el Guacamayo, la Canaria y la Niña Adulta. Se sentía querido desde hacía tiempo. Y, le hacía muy feliz ser parte de ese grupo. 

    El último día de la primera etapa fue duro, pues, durante los cuatro meses de verano, todos estos guerreros tendrían que seguir solos, sin el apoyo de ese grupo. Se compartieron los sueños que en su momento el atrapasueños cazó, en concreto, nuestro Caballero escogió el de Madame Mélange: "Te deseo una vida llena de amor". Y, al volver, el espacio se abriría a nueva gente, nuevas historias, nuevos guerreros. Y eso emocionaba a nuestro Caballero, ofrecer a otras personas ese espacio íntimo en el que abrirse y ser libre para ser. Había una gran posibilidad de ofrecer continuidad, ilusión y compromiso con la gente que recién empezase a estudiar. Y eso era lo que estaba compartiendo allí, a las puertas de su facultad. Mucha gente se mostró muy interesada en este grupo, pero todo se vería el primer día. 

    Esta segunda etapa, el Guacamayo Juglar dirigía junto a la Canaria Inquieta. La bienvenida que daríamos a estas nuevas personas fue muy elaborada. Esta vez, el espacio sería un escenario de verdad, y no un salón de baile. Cinco personas entregarían cartas a cada una de estas nuevas personas, algunas ya escritas, y otras hechas sobre el escenario, y cada uno de los anteriores llevaría a cabo alguna actividad y juego de bienvenida. Todos teníamos funciones, lo que mostraba nuestra unión. No todas las personas que estuvieron en la primera etapa estaban en la segunda, pero sin ninguna ausencia notable.

    Poco a poco fue llegando una gran cantidad de gente, alrededor de 30 nuevas personas, a las puertas del nuevo espacio. Nuestro Caballero les dio la bienvenida engalanado en aquel kimono negro estampado que exhibió cuando expuso a su fantasma. Así recibió a todas las personas nuevas, su intención era hacerles sentir como en casa, lo que le hacía sentir a él ese grupo. Conforme iban avanzando las sesiones, muchas de las personas nuevas dejaron de asistir, y otras de las que ya formaban parte comenzaron a tener dificultades para asistir. Pero, una gran parte empezó a mostrar un gran interés. Nuevos perfiles, perfiles muy interesantes, personas muy carismáticas. El Guerrero con Piel de Oso, el Melenudo Viajero, las Gemelas de Distinto Pelo, La Niña de los Abrazos, la Roquera Atractiva, la Guerrero de la Soledad la Forastera Sentiente, el Exaltado de Ideas Claras, el Fénix Desconfiado, la Enredadera Humana... Nuestro Caballero pronto tendría afinidad con varias de estas personas. 

    Las primeras sesiones funcionaron muy bien, cada integrante compartió su recorrido, sus batallas. Experiencias con la soledad y el abandono. La enfermedad. Primeros amores correspondidos, y fallidos. Una experiencia mística sobre la maternidad. Un vaticinio con el tarot. Nuestro Caballero, haciendo alarde de su don de palabra, hizo una larga y profunda reflexión sobre la soledad y la identidad, los videojuegos y la adicción, la ambición por ser perfecto y el autodescubrimiento, la primera vez que se enamoró y, aunque fue correspondido, también fue una lección en su vida para aprender a poner límites. Todo parecía tan íntimo...

    Sin embargo, algo no funcionaba bien. A pesar de las numerosas dinámicas para unir a todos, a las personas nuevas les costaba mucho socializar con las personas que ya formaban el grupo, ¿o eran las personas antiguas quienes no socializaban y no abrían el círculo? Pronto se formó un subgrupo muy claro: el de Formación Informal, constituido por el Oso, el Melenudo y las Gemelas. Este subgrupo tenía influencia en muchas de las nuevas personas, por ejemplo la Roquera. Ese ocio fuera del momento de ser juglares, se dividía entre el grupo antiguo y el grupo nuevo, cada mitad iba a un espacio diferente, y no había intención de unirse. Nuestro Caballero estaba dividido entre la unión que sentía con los anteriores, y el interés por conocer a los nuevos integrantes. Fue doloroso escuchar ciertos comentarios de desprecio, y ciertas arrogancias con respecto a la falta de compromiso; y desde el otro lado, escuchar la ilusión que les hacía ser parte del grupo. Así que se sintió en tierra de nadie, y dejó de quedar.

    Uno de los días más especiales, se buscaron noticias sobre la sociedad, y se hicieron interpretaciones sobre esos problemas sociales: la economía, la guerra, la ansiedad... Fue casualidad que los grupos quedaron conformados con esta división, pero marcó muy claramente la distancia. Nuestro Caballero no pudo asistir a su propia interpretación porque su caballo de hierro tuvo un problema de rodillas. La Niña Adulta hizo su interpretación sola, por casualidad, y tomando todas las decisiones correctas, hizo una interpretación sublime que se ganó su derecho a ser interpretada fuera de este espacio. Las interpretaciones del resto de grupos fueron también impresionantes. Especialmente la del subgrupo de Formación Informal.

    Las sesiones se fueron haciendo poco a poco más incómodas, especialmente para el Caballero, quien pretendía que el grupo funcionase con armonía, con esa intimidad que siempre funcionó. Que todos se sintiesen integrados. Se sentía, además, señalado por esa falta de compromiso, cuando en realidad se estaba desilusionando y, además, estaba muy agobiado. ¿Qué estaba pasando? ¿Por qué algo que había disfrutado tanto, de repente le agobiaba tanto? Compartir sus miedos era algo que le estaba acompañando en su proceso terapéutico, pero se estaba dando cuenta de que ahí dentro no satisfacía su ambición de ser conocido. Y, las influencias de que hubiesen unos mejores que otros, eso le ofendía mucho. Conectaba con sus asuntos personales, en los que sentía que el reconocimiento se lo llevaban personas que no lo merecen, y no él.

    Finalmente, tras un tiempo sin acudir al tiempo de ocio posterior, decidió acercarse de nuevo a compartir cervezas. La Niña Adulta le contó al Caballero que el Guacamayo les había buscado a ella y al Adonis un espacio para poder interpretar de forma profesional, para ser juglares.

    Se ahogó.

    Una tremenda espiral de emociones invadió al Caballero. Sentía una enorme envidia, pero también se sentía... abandonado, y rechazado. A pesar de que se alegró un poco por ella, no se alegró en absoluto por él, pues, desde el principio sentía que el Adonis era una de esas personas que menos compromiso había mostrado con el grupo, faltando muy a menudo, y más había contribuido a la diferencia entre los de antes y los de después. ¿Por qué a ellos dos, por qué a él, y no a nuestro Caballero? Intentó esbozar una sonrisa, pero por dentro estaba roto. Así que, se marchó con la primera excusa que inventó.

    Mientras guiaba a su caballo de hierro hasta casa, su fantasma empezó a atacarle. Era un momento muy inoportuno y arriesgado; podía hacer descarrilar a su caballo. Defendió esta posibilidad gritando, pues no podía soltar las manos de las riendas. En el momento en que hirió su brazo, supo que necesitaba asistencia inmediata, y utilizó ese dispositivo mágico de telecomunicación para llamar al Estratega de Tablero, quien acudió en su auxilio de inmediato y le ayudó a calmar su herida. Desde entonces, supo que ese grupo había dejado de ser para él.

    Pero continuó. Continuó, para disfrutar del grupo, del grupo con su nuevo aspecto, de las nuevas personas que conformaban ese grupo. Dejó de retenerse con los antiguos, y pasó a unirse mucho más con los nuevos, especialmente, con el grupo de Formación Informal. Les dio un cariño y cercanía sinceros, la integración que merecían en ese grupo. Trató de ser la única persona que venciese esas barreras, principalmente juntándose en el tiempo posterior. Se distanció mucho del Guacamayo, de quien había notado ciertas preferencias e incoherencias en un grupo que solo había nacido como espacio seguro.

    El último día antes de las vacaciones de invierno, el Guacamayo dio una noticia con mucho entusiasmo: esta vez sí se haría una actuación real. Una obra de teatro generada con las vivencias de todo el grupo. Nuestro Caballero no podía estar más contento... al principio. Pronto se empezó a ver lo aciago de esta decisión.

    El Guacamayo estableció que, para continuar en esta nueva etapa, las personas debían firmar un contrato de compromiso con la obra y el grupo. Al Caballero le resultó ofensivo y preocupante, y se planteó seriamente seguir, pues sentía que no podía comprometerse de la forma tan exigente que le pedían. Dos ausencias implicaba expulsión sin justificación alguna, dos demoras implicaba expulsión... ¿qué? Pero decidió priorizar su propio disfrute a las dudas que le generaba permanecer. Él era capaz.

    Ya desde el primer día de la tercera etapa, se notaban grandes ausencias. La Guerrero y el Fénix, la Madame y el Castañero, no habían firmado. Y, sin embargo, había dos personas nuevas. Cuando fue hablando con otros miembros, supo que no era el único en desacuerdo con este contrato. Tal vez podía ser una forma estricta de asegurar que todos hacían fuerza en una misma dirección, pero resultaba incómodo y contradictorio.

    Todo empeoró al leer el guion. El sentimiento de disconformidad fue creciendo más y más. Había una muy mala distribución de papeles y de momentos, con personas que solo decían dos frases y personas con textos enteros; el Adonis era parte de todas las escenas, y la Niña Adulta tenía toda su escena entera sobre su falta de inclusión. El Caballero de la Coletilla tenía un par de frases sueltas y un texto breve al final, lo que le causó una fuerte disconformidad porque él quería lucirse. Al menos, su reflexión sobre la soledad y su miedo a no poder compartir y su lema de vida, vivir con ilusión, sí aparecían en la obra, pero nunca nadie sabría que son suyas y lo sintió como una usurpación de su talento.

    A pesar de que supuestamente la obra iba a mostrar la realidad de todo el grupo, la Gemela Morena estaba llorando. Solo tenía una frase, en segundo plano, y no había presencia suya en toda la obra. La Gemela Pelirroja y la Rubia de Porcelana estaban enfadadas porque también tenían muy poco texto, pero, le dieron menos importancia porque el grupo les importaba menos. Varias personas más expresaron este desbalance. La Niña de los Abrazos necesitaba... un abrazo, para poder tranquilizarse por todo ese malestar, y acudió a la persona más cariñosa, el Caballero. Estaba hablando con el Oso, quien también estaba muy disgustado. Le habían separado del proyecto que tenía con su compañero de batalla el Melenudo. Ni el Melenudo ni la Enredadera tenían texto, lo que tampoco les gustó. El Guacamayo no daba su ala a torcer, respondía siempre las mismas palabras, que no hay papeles mayores o menores, que no todos pueden ser protagonistas, que en esta obra no hay protagonistas porque todos estamos presentes en la vivencia; y empezaba a parecer más un loro. 

    Cuántos desacuerdos. El guion estaba resultando... un esperpento. Aunque muchos se sentían incómodos, solo unos pocos fueron lo suficientemente valientes para irse. La Gemela Morena instó a su grupo a no caer en la manipulación del Guacamayo. El Oso fue el primero en dar un paso al frente, despidiéndose del resto discretamente. Ante esta salida, el Guacamayo reaccionó pidiendo un mayor compromiso, y pidiendo salir a quien no estuviese seguro. El Melenudo se fue inmediatamente detrás del Oso, alegando que su participación no tenía sentido. La Gemela Pelirroja tenía dudas, pero el Guacamayo la instó a tomar una decisión, lo que la determinó a irse sin remordimiento. No la echarían de menos. El Caballero también quería salir... pero algo le retenía. No podía tomar la decisión en ese momento. Quería seguir disfrutando... ¿Por qué no era posible? ¿Esto era obra del Fantasma de las Expectativas? No parecía estar presente. Esta vez quería disfrutar. No, esta vez no lo iba a permitir. No podía irse por no tener suficiente texto. Tras hablarlo deliberadamente con el grupo que se había ido, sopesando pros y contras, decidió quedarse. Por sí mismo, por lo que le aportaba el teatro a él. Porque disfrutaría del proceso. La Gemela Morena tampoco abandonó a pesar de los choques frontales, las quejas, y el desacuerdo. ¿Tal era su ambición...?

    El Caballero consiguió reclamarle al Guacamayo Juglar que habían muchos fallos e injusticias, que en ningún momento debió permitir que esas personas saliesen del grupo. Su respuesta fue, con bastante frialdad, que había sido decisión suya irse y no aceptar las condiciones, y que se estaba dejando embaucar por su opinión y contrariedad, especialmente la de la Gemela Morena, quien, enigmáticamente, no se había ido. Tal vez tenía razón en eso. Pero el Caballero no estaba ciego. Todo estaba funcionando muy bien según el Guacamayo. Pero no era así. Las sesiones ya no eran igual. Todo se estaba volviendo cada vez más estricto, más hostil. La gente seguía faltando cuando quería, el Adonis Tímido ya llevaba más de tres faltas, pero solo le reclamaban al Caballero las demoras y la falta de compromiso. Las transiciones entre escenas eran torpes, y se iban acumulando errores anteriores en las siguientes transiciones. Intentó buscar la opinión de la Niña Adulta Artista, pero se dio cuenta de que, en algún momento, ella había ganado mucho poder y era actualmente el ala izquierda del Guacamayo, así que su opinión fue que la distancia, la falta de compromiso y la disconformidad habían sido provocadas por ese grupo. La única que parecía escuchar era la Canaria Inquieta, quien sabía además todo por lo que estaba pasando el Caballero. Intentó encontrar su hueco en el grupo, pero se dio cuenta de que todo estaba funcionando sin él. Intentó apuntar lo que seguía fallando, pero nadie le hacía caso. Intentó disfrutar del proceso, pero cada vez percibía más y más errores que hacían un producto inconsistente. La Gemela Morena estaba poseída por su propio fantasma. Él era el último elemento discrepante y discordante que faltaba en el grupo.

    Así que, agarró el frasco de fragmentos que le había regalado la Mirada Bondadosa, y, con la cabeza alta, asumió su despedida del grupo de juglares. Nadie se lo podía creer. La persona más entusiasmada de ese grupo, ¿se iba? Hubo muchas lágrimas, todas las personas de ese grupo se unieron en un abrazo, pero sabían que era una decisión que traería mucha paz a nuestro Caballero. El Guacamayo, con la excusa de ensayar la escena final, puso una canción que hablaba precisamente de recomenzar. Eso era ese momento, ¿verdad? Soltar, para recomenzar... Ya no necesitaba ese reconocimiento. Ya no necesitaba salir a demostrar su talento. Quizá esta obra sería más bonita desde fuera.

    Y lo fue. Fue preciosa. Irónicamente, la ausencia de gente hizo que se equilibrara ligeramente la presencia de otras personas. Para nuestro Caballero, las personas más discretas brillaron más. La obra, desde fuera, logró conectar con su presente: con la necesidad de ser aceptado y de disfrutar del presente aprendiendo del pasado. Estaba en ello. Y, lo estaba consiguiendo. Allí estaba, disfrutando de la obra, agarrado de la mano. Tal vez el grupo de juglares no le subió al escenario, pero le dio mucha más felicidad de lo que podrían saber.

    En la actualidad, no se sabe nada del grupo de juglares. El Guacamayo y la Canaria echaron a volar a sus tierras más cálidas, y la Niña Adulta quedó a la espera de que regresaran. El Caballero sigue en contacto con ella. Y también con la Niña de los Abrazos y con el grupo de Formación Informal, quienes se salieron del grupo de juglares. Del resto, no sabe nada. Así que, decidió bien. Fue... su primera victoria contra el Fantasma de las Expectativas.

Desahogo: Quisiera ser y no ser...

Quisiera... dejar de tener altas capacidades. Quisiera dejar de tener que contarlo como parte de mi identidad. Quisiera no tener que contarl...