Antes de juzgar, aprendan sobre cada caso. Sí, yo me considero que tengo un problema de uso, ¿probablemente de adicción?, a las pantallas. Y... estoy orgulloso de ello. No de cuánto tiempo invierto en las pantallas, o de mis problemas de concentración, sino de seguir aquí, de seguir estable y con ganas de vivir. He preferido mantener esa adicción, en lugar de otras adicciones como el sexo o el alcohol, las cuales también llegué a probar. Irme de fiesta y emborracharme hasta olvidar quién soy, o buscar contactos sencillos para tener sexo, no llenaban mi vacío. De hecho, lo hacían más doloroso, porque ansiaba seguir llenando ese vacío con el mismo placebo. En cambio, las pantallas sí lo hacen. Sí lo hacen, porque me encuentro en un entorno seguro. Y porque las pantallas también pueden ser entornos interactivos. Cuando estoy jugando algo desafiante, cuando estoy compartiendo en un foro, cuando estoy perdido en mis ensoñaciones o escribiendo mis invenciones, me siento... bien conmigo mismo. O, al menos, eso es lo que me gustaría.
Tengo un severo conflicto interno con ello. Soy de los que consideran que hay que tener cuidado con las pantallas. Es probable que esté creando un doble rasero en mi argumento sobre las pantallas, afirmando que son peligrosas y, al mismo tiempo, defendiéndolas. Pareciera que voy a defender las que a mí me convienen, e incluso que estoy justificando mis actos. Me da igual lo que otras personas crean al respecto, mi capacidad de observación opina que hay una diferencia fundamental. Que hay dos formas de usar las pantallas.
Ser consumidor pasivo de contenido en redes sociales, vídeo tras vídeo tras vídeo, sin capacidad de recordar el vídeo que has visto hace treinta minutos, y observando la vida de otras personas en lugar de vivir la tuya propia; ese uso no se puede considerar positivo, pues es inhibitorio. Sin embargo, en el entorno interactivo de los videojuegos y de las redes creativas o de comunidad como Reddit, Amino, Pinterest, etc., esta pasividad se diluye. Pasas de no tener nada que aportar, a poder ser parte y partícipe de los sucesos. Soy el primero que a menudo se encuentra perdiendo el tiempo en ese tipo de vídeos. A pesar de que no tengo TikTok, y evito Instagram, YouTube me ha atrapado entre sus cookies. Y es por eso que le he asignado un temporizador muy limitante, para no poder extenderme sin control y, a su vez, ser consciente de cuánto tiempo he empleado. Así también lo añadí a otros juegos y otras redes sociales.
Sin embargo, hay una app a la que no he podido instalárselo, y es WhatsApp. Mi relación con WhatsApp y mi opinión sobre esta es controvertida. Es necesaria como herramienta para una mensajería instantánea, para trabajos en equipo, planes, imprevistos, y para saber cómo está otra persona en una vida llena de quehaceres. Es decir, facilita la disponibilidad. Pero, ahí es donde empieza el problema. Sin entrar en detalles, sustituir las conversaciones en persona por el uso de WhatsApp no tiene ningún beneficio más allá de la inmediatez, puesto que la comunicación no verbal permite apoyar el mensaje que se está diciendo, evitando así numerosos malentendidos y sobreexplicaciones.
Además, la disponibilidad continua permite generar tanto dependencias como rechazos, y por tanto dependientes y rechazados. Si nadie le habla, siente que a nadie le importa. Esta construcción se arraiga en los adolescentes como parte de su identidad. También dificulta la desconexión. Ya no existe un entorno privado, ya no existe la separación entre un contexto u otro. Se pueden seguir atendiendo a otras personas y a otras responsabilidades en el tiempo en el que se ha acabado el contexto que delimita esas responsabilidades. Por último, WhatsApp es otra manera de estar viviendo la vida fuera de tu propia vida, ya que si estás hablando continuamente con otras personas, estás más pendiente de la vida de otros y no dedicando tiempo a la tuya, a tus objetivos. Esto se extiende a cualquier red social que tenga chat. Sí, evidentemente las redes sociales tienen ventajas como vencer la distancia y permitir la comunicación desde cualquier rincón. Es algo que también permiten las llamadas y las videollamadas, y esto libera las manos. WhatsApp... debería permitir una mejor comunicación. Pero tiene numerosas dificultades vinculadas a la propia teoría de la comunicación que son difíciles de solventar y que, a las generaciones que hemos crecido sin ello (ya que yo soy de la transición digital) nos cuesta asimilar y acostumbrarse.
Entendamos una cosa antes de seguir. No tiene nada de malo hablar con los colegas un rato, hacer el parias y reírse en un grupo, o dar las buenas noches y los buenos días a tu pareja; tampoco ver las últimas fotos de tu amiga en su último viaje a París, o echar un vistazo al perfil de un compañero de trabajo que sube fotografías de paisajes. Entonces, ¿dónde está el matiz que pretendo contar? Está en que las pantallas pueden ser un ocio activo o pasivo, según la capacidad de elección que tengas en su uso. Y si no se entiende esto, entonces se está incurriendo precisamente en defender algo indefendible, y en criticar algo de manera injusta.
Una persona que no sabe cuánto tiempo ha estado haciendo scrolling en Instagram es tan trágico como una persona que ha estado haciendo zapping en la tele toda la tarde porque no tiene nada mejor que hacer. Sin criterio alguno sobre el contenido que está viendo. Solo, ganas de que el tiempo pase, ganas de quemar el tiempo. Hay, de hecho, videojuegos que funcionan de esta manera, con rankings efímeros que resetean al poco tiempo, loot-boxes con recompensas aleatorias en las que invertir un tipo de moneda difícil de conseguir (y habitualmente conseguida con dinero real) para "extraer" la recompensa valiosa del "botín" (los juegos considerados gacha), y con pases de batalla que dan una sensación de logro con elementos meramente cosméticos. Algunos juegos online pueden tener también este peligro, cayendo en partidas repetitivas con el único objetivo de pasar el tiempo.
En cambio, ni todas las redes sociales ni todos los videojuegos son pasivos. De la misma manera que una persona cinéfila disfruta viendo y eligiendo las series o películas que quiere ver, y crea una revista en la que compartir sus opiniones sobre las películas que ha visto, sus teorías sobre las mismas, y los seguidores de ciertas películas tienen su propia subcultura, con un código, con una mitología, con unas opiniones y juicios sobre los personajes; y sucede exactamente lo mismo con las sagas de libros y los grupos de música; ¿por qué con los videojuegos y con los foros no se empieza a considerar este mismo punto de vista? Hay videojuegos que son auténticas historias, que sacuden y cuestionan los cimientos de su universo con argumentos que podrían servir para el nuestro. Que crean ecosistemas tan inverosímiles pero, al mismo tiempo, lógicos. Hay auténticas obras de arte visuales y musicales. El límite para crear esos mundos virtuales es la imaginación. Cada videojuego al que se le ha puesto cariño en su realización es una muestra de creatividad interactiva.
Es probable que esto lo esté contando una persona que desea huir de la cruda realidad, a menudo aburrida, a menudo poco satisfactoria, que quiere sentirse arropada por una comunidad que le comprenda. Es así: odio ser adulto. Odio tener que abandonar esos mundos en los que realmente soy feliz, para vivir en un mundo en el que cada vez más cosas escapan de mi control. Pero cuando cuento esto, la gente se mofa. Me llaman inmaduro, me llaman iluso, me dicen que en la vida hay que esforzarse. ¿De qué sirve esforzarse si el progreso se acaba perdiendo, el avance se vuelve más difícil por factores externos, y la dificultad no es la misma para todos? Hay que trabajar para ganar dinero, hay que ganar dinero, para alimentar a aquellos que fabrican lo que nosotros no somos capaces de fabricar... y a quienes nos distribuyen todo lo que sí podríamos fabricar. Ya se vende incluso comida precocinada envasada, para que nos centremos en... ser ociosos y no hacer nada.
No tengo esa forma de vida. Me gusta estar haciendo cosas. Me gusta ser activo en mi tiempo. Y, precisamente por ello, me gustan los videojuegos. Me siento muy juzgado. Me siento muy presionado a abandonar mi afición solo por la intención de ser una persona funcional, útil, de la manera que ellos quieren. Me siento... como si no supiese disfrutar de la vida. Y, creo más bien, que pocos entienden la forma en que yo la disfruto. Algunos eligen los libros. Otros, el deporte. Yo, los videojuegos. Y ello no me hace perderme la vida, porque me llenan el tiempo que no podría llenar de ninguna otra manera. No rechazo ningún plan por quedarme jugando, simplemente, no tengo gente con quien hacerlos. No sacrifico mis responsabilidades, simplemente, me aburren. ¿Por qué los videojuegos son peores que las opciones anteriores? Te permiten explorar, te permiten aprender, te permiten reflexionar, te permiten poner a prueba tus reflejos y tus estrategias, te permiten crear y soñar despierto... Estoy cansado de ese estigma. Me gustaría poder disfrutar de una tarde de videojuegos sin sentir que estoy desperdiciando mi vida por no haber producido algo, aunque eso entra más en el debate de mis exigencias en vez de con las pantallas...




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