domingo, 11 de enero de 2026

CAPÍTULO 6: UNA TÉCNICA PROPIA DE TRILEROS.

    Un día, uno de esos tantos llenos de ajetreo, el Caballero llegaba completamente aletargado a la universidad. Había dormido poco y mal; tuvo sesión con su repara-mentes y fue una sesión beligerante; estaba discutiendo con el Oso por algún motivo; y como era habitual a esas horas, le dolía la tripa y sentía que no llegaba al baño. Así que subió corriendo como pudo a su baño favorito, ese totalmente tranquilo, dejó la mochila en el suelo, y descansó por un momento del ajetreo. Cuando pudo salir del baño, bajó corriendo a la cafetería para cumplir con su momento favorito del día: la comida. Allí se encontró con el Exaltado de Ideas Claras, a quien saludó y le preguntó si comían juntos. Parecía ocupado elaborando un documento.

    Había mucha gente esperando para pedir. Tardó bastante en regresar a su sitio. Encontró una mochila marrón en la mesa tras ellos.

- ¿Tú sabes de quién es esta mochila?

    El Exaltado negó con la cabeza. Al rato, uno de los camareros llegó a la mesa. Pidió al Caballero que mantuviese su mochila más cerca de él. Pero se estaba refiriendo a la mochila marrón. A lo que el Caballero respondió que esa mochila ya estaba ahí cuando llegó. El camarero parecía contrariado. Al cabo de un rato tranquilo de conversación ligera, terminaron de comer. Pasaron un rato más hablando, pero el Exaltado seguía ocupado. Así que el Caballero procedió a irse...

- ¿...Y mi mochila?

    Su mochila no estaba allí, debajo de ellos. De hecho, su mochila no estaba. Su primer pensamiento fue que se la había dejado en el baño, pues recordaba haberla dejado pero no haberla cogido, así que subió a toda prisa. No estaba allí. Bajó a conserjería para pedir si habían encontrado una mochila morada, pero no hubo suerte. Preguntó a una de las personas de limpieza, pero no encontró nada allí.

    Cuando llegó a la cafetería de nuevo, el Exaltado seguía allí, hablando con el camarero. Cuando le comentó la situación, el camarero utilizó su fuerte intuición para saber que habían utilizado la mochila marrón, vacía, para sustituir a la mochila morada del Caballero. Un truco propio de ladrones trileros. A pesar de que no recordaba haber bajado con la mochila, esa teoría tenía muchísimo sentido, dado que había tardado mucho en pedir su comida, y el Exaltado estaba haciendo su documento, y no vigilando la mochila. En fin, ni siquiera se lo había pedido. Fue corriendo a la comisaría más cercana junto con el Exaltado. No le hicieron mucho caso, pues no hubo violencia en ese robo, y aún encontrándose la mochila, no habría manera de demostrar que su contenido era propiedad del Caballero, suponiendo que su cuaderno no estuviese despiezado. Conclusión, le hicieron sentir inútil; y para colmo, se había saltado una clase muy importante para nada.

    Tenía lo que se merecía. Llevaba una temporada muy desconectado de la vida, de sus acciones cotidianas, de su entorno, de sus propiedades. Se olvidaba de las reuniones, de sus fechas de entrega, de sus chaquetas, de su paraguas, de su mochila auxiliar... Tenía que aterrizar en la vida, porque el Fantasma de la Exigencia se lo estaba llevando consigo.

    Dentro de la mochila no había tantas cosas. Por suerte, el Caballero solía llevar una mochila adicional pequeña en la que siempre llevaba los objetos personales, cuando no los llevaba en sus chaquetas. Pero sí había uno de los elementos más valiosos. Había perdido su anterior cuaderno de bitácora. Un cuaderno blanco bastante viejo de esos que permitían almacenar cosas en forma de electricidad, que poseía desde que anteriormente accedió a la Universidad a hacer Estudios de la Vida; y en el que había registros de sus aventuras desde aquella batalla contra los Fantasmas de la Adolescencia. Probablemente se llevarían la mochila sin saber qué había dentro, y se quedarían ese cuaderno metálico para vender los materiales raros de los que estaba hecho.

    Con la pérdida de ese cuaderno, perdió toda la teoría de sus estudios actuales hasta ese momento, y estaba estudiando el tercero de cuatro años. Perdió numerosas ilustraciones que no estaban guardadas en ningún otro sitio, recuerdos de todas esas personas que le acompañaron en ese camino difícil. Perdió todos sus poemas y cantares, sus trabajos de sus ámbitos formativos, y sus proyectos de novelas. No le importaba demasiado haber perdido la teoría del Gremio, pues le recordaban el sufrimiento que fue aquello, ni de Estudios de la Vida, pues no la utilizaría demasiado; pero siempre era un recuerdo y algo que tener almacenado.

    Por suerte, pudo recuperar prácticamente todos esos poemas y cantares porque los tenía guardados en diversos sitios: los primeros pequeños que escribió mientras estudiaba a Bécquer los tenía guardados en un cuaderno de mano con tapas naranja fosforito; los que escribió en el rincón "Yo lo escribo" promovido por el Sabio Bigotudo, su tutor con 16 años, estaban en diversos recortes bien custodiados de aquella época agridulce; las canciones que escribió en su etapa más dura tras pasar por el Gremio de Animadores, las tenía todas guardadas en el espacio a través de la ventana de su mano por habérselas compartido a otro amigo cantante; y las más actuales estaban pegadas en esa red intangible llamada Nube de Internet. Solo reconocía haber perdido una, "El tiempo es pendular", una de sus favoritas que combinaba prosa y verso. Irrecuperable.

    No pudo recuperar de ninguna forma los apuntes hechos a mano de sus asignaturas, por lo que debía depender de sus aprendizajes guardados en la memoria a lo largo de la carrera, y no de la información almacenada. Tampoco pudo recuperar de ninguna forma las ilustraciones instantáneas. Con ello, se había desprendido de aproximadamente los recuerdos de cinco años de un plumazo. Aunque... algunas de las personas que en ellas constaban le habían hecho mucho daño. Así que quizá había sido algo positivo... Y, de las cosas más dolorosas, no pudo recuperar su novela. Esa que ya estaba a punto de terminar, pero que nunca consiguió terminar por miedo a que el resultado pudiese defraudar. Quería un final impactante. Quería mejorar la redacción de la historia. Quería mejorar la profundidad de uno de los personajes, y ello cambiaría muchos acontecimientos. Quería... pero nunca lo hizo por falta de tiempo. ¿Lo lograría hacer alguna vez? ¿Tal vez, en el fondo, no estaba satisfecho con lo que había escrito? Siempre quiso reescribir la historia entera. Bien, ¿por qué no hacerlo? En vez de querer mejorar lo que ya existía, bloqueado entre querer hacer algo nuevo y preservar lo que ya había, era la oportunidad de demostrar todo lo que había madurado desde que comenzó a escribir. De desprenderse de ese asunto pendiente, inacabado, y de volver a empezar un proyecto con el mismo gusto que lo hizo anteriormente.

    Consiguió rescatar lo más importante: sus cantares. El valor de los mismos era precisamente por ser marcas en su recorrido, emociones cristalizadas en texto, fragmentos de su historia. Lo demás... ¿Tal vez esto era una oportunidad de haberse desprendido de todo su pasado, de todo lo que le lastraba? ¿Tal vez era mejor que la memoria y el recuerdo hiciesen su trabajo y le permitiesen olvidar y avanzar? ¿Tal vez perder todo lo demás era una forma brusca de enfatizar... que debía recomenzar?

    El Oso, un genio en aparatos eléctricos, le ayudó a conseguir un nuevo cuaderno de bitácora eléctrico, mucho más potente, mucho más ágil, mucho más bonito, y con muchas más funciones que el anterior, a un precio muy razonable. Al fin y al cabo, el otro estaba quedando bastante obsoleto, le costaba funcionar, y a veces era desesperante y tenía fallos inesperados. Necesitaba cambiarlo en cualquier momento. Así que... en el fondo, todo se volvía más cómodo, aunque ojalá el cambio no hubiese sido de forma tan turbulenta y forzada. A partir de ese momento, se abrían muchas posibilidades que hasta ahora el Caballero no consideraba. Ese cuaderno servía también para viajar a portales mágicos que antes no había podido visitar. Asombroso, nunca imaginó esa posibilidad. No echaba de menos el anterior cuaderno, salvo por los apuntes de su carrera. Sí, definitivamente y por extraño que parezca, aquel desafortunado suceso fue, en cambio, positivo... Quizá era por la resiliencia. Quizá era porque no merecía la pena montar un drama por lo perdido, sino mirar hacia adelante. Quizá era por la suerte de haber preservado sus cantares, algo desde su infancia le hizo guardarlos de diferentes formas como no hizo con todo lo demás. También aprendió dos lecciones: a asegurarse de tener una copia de seguridad de sus proyectos, y a mantener sus objetos de valor siempre vigilados.

    Con este nuevo cuaderno, el Caballero de la Coletilla pudo hacer de forma muy cómoda este cuarto tomo de su historia.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Desahogo: Quisiera ser y no ser...

Quisiera... dejar de tener altas capacidades. Quisiera dejar de tener que contarlo como parte de mi identidad. Quisiera no tener que contarl...