martes, 16 de diciembre de 2025

Testimonio de E., sobre la ansiedad social en la universidad. Mi querida compañera, buena amiga y mejor enemiga.

Pensé que al entrar a la universidad ya lo había superado. Un nuevo comienzo en el que dejar atrás todo aquello que sentía en bachillerato. Esa voz que saboteaba mis esfuerzos y mi concentración. Sentirme que estoy simplemente porque ocupo un espacio físico, pero no tengo presencia. Me sentía invisible para el resto, y precisamente porque no podía serlo, empezaba la ansiedad. Por no poder ocultar mi miedo. Por que me vieran solo, y supieran que estoy solo. 

Todo eso... se estaba desvaneciendo. Afrontaba la soledad de forma optimista, como una conexión conmigo mismo para reflexionar y mejorar. Tenía una nueva oportunidad de que me conozcan a mí, y no a mi ansiedad, y de aprender a vincular. Lo estaba consiguiendo.

Pero este año, vuelve a acosarme de nuevo.

Qué duro fue volver a la facultad y tener que enfrentar estas emociones de nuevo. Qué duro es tener que enfrentarlas cada vez que recuerdo que este año estoy solo. Que mi grupo ya no está. Que estoy expuesto a las miradas de mis compañeros, que me conocen pero no me quieren conocer. Creen que soy raro. Si supieran...

Cuando me ataca la ansiedad social, siento que debo escapar del lugar donde estoy, incluso, de mí mismo. Me duele el pecho, se me hace un nudo en el estómago y me sube la presión arterial. Lo noto. Me cuesta respirar. Me cuesta pensar. Me siento observado, juzgado, repudiado... Como si no debiera estar ahí. Como si hubiera sido un error el intentar integrarme a alguna actividad, meterme a estudiar o, simplemente, socializar. En el fondo me siento enormemente incomprendido. Temeroso de la impresión que pueda causar.

En el momento que me siento así, incomprendido... Un inadaptado social... siento una enorme tristeza acompañada de un irremediable dolor. Pues, al pedir una respuesta a mi interior, este me responde con una verdad de la que siento que nunca podré escapar: la negligencia que sufrí de niño. La violencia, el caos, los gritos, la tensión, reprimir mis emociones para no formar más conflictos. Ese mecanismo de supervivencia que surge a raíz de crecer en un entorno con personas altamente inestables: inhibir mis emociones para protegerme como ser humano y para evitar ser castigado por expresarme. Siento que es por culpa de mi familia, y de las situaciones que me hicieron vivir a su lado, el por qué soy un inadaptado social incapaz de relacionarse con sus semejantes. No me dejaron ser niño. No me dejaron sentir.

No podía relacionarme con los demás niños. No sabía. Y porque no sabía, sentía su distancia física y emocional, como si me evitaran porque no me identificaban como un igual a pesar de tener la misma edad. Precisamente por eso aún no sé hablar con gente de mi edad. Me relaciono mejor con adultos porque busco su constante aprobación, que me vean como un igual ya que no se me permitió ser niño y no sé comportarme de otra manera. Si me equivoco, es normal, ellos saben más que yo. No me siento juzgado, no tengo que vigilar cada palabra que digo para gustarles. Si supieran que estoy aprendiendo a socializar...

Depresión, traumas, soledad, exigencia... Mi ansiedad social se siente como si hubiera una caja de Pandora en mis recuerdos, que está llena de dolor y sentimientos negativos, la cual si sigo recibiendo el estímulo que me hace despertar esa ansiedad, esta corre el riesgo de abrirse y hacerme sucumbir ante un posible episodio depresivo. Por eso trato de escapar del lugar donde me siento observado, intimidado, juzgado... pero solo. Y una vez que lo consigo, hago lo posible para escapar de mí mismo a través de canciones que me ayuden a gestionar las emociones resultantes antes de que vayan a más y la caja termine por abrirse. Canciones que hablan de lo mismo que yo siento, de lo mismo que yo viví, para sentirme comprendido, validado y acompañado. Busco refugio en los espacios más escondidos de la facultad, para estar realmente solo y dejar de sentirme solo. Con mis cascos, aislado del ruido. Donde nadie me vea así. Agitado. Vulnerable. Huyendo de la realidad que me persigue.

La gente tiende a juzgarme por mi edad, me dicen que es normal y que ya se me pasará. Es triste, pero hay que afrontar que quien no lo padece, jamás la entenderá como yo. Todos en algún momento la conocen. La temen, la evitan por ser un monstruo invisible que no se va. No se va. Era así en Bachillerato, y es así en la actualidad. Lo cierto es que, cuando la ansiedad es tu compañera, es más complejo de lo que a simple vista se puede observar. A veces aunque el estímulo se acaba, sigue insistiendo en el peligro. Me acompaña en el tren de vuelta a casa, haciendo tareas, en la ducha, hasta me canta una canción al acostarme. Detente ya por favor, y ¡déjame dormir! Pese a todos mis esfuerzos, me sabotea, me susurra al oído que todo saldrá mal, me hace sentirme impotente, muchas veces inútil e incluso me aleja de los demás porque no sé relacionarme y no soy alguien interesante.

Es difícil compartir esto. Es difícil decir que estás rodeado de gente, y que te sientes solo. Es difícil decir que echas de menos. Es difícil decir que... quieres más atención. Te dicen que hables más, que hagas más amigos, que eres tímido, que conozcas nueva gente, que no te van a comer... No entienden que es difícil. Es difícil acercarse si hay una fuerza que tira de mí.

Aún así, yo tiraré con más fuerza en la dirección contraria. Estoy acostumbrado, llevo arrastrando esta carga toda mi vida. Gracias a mi maestro por darme lo que nunca le pedí: fortaleza. Una familia en la que ser yo mismo, y crecer. Gracias a vosotros sé que no estoy solo. Poco a poco me familiarizo, voy reconociendo los ataques de ese fantasma, sus tirones. Voy aprendiendo en la batalla, voy anticipándome a sus pasos. Aprendo a equivocarme y a no querer huir por ello. He conseguido apoyos. Y, poco a poco, aprenderé a tener más.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Desahogo: Quisiera ser y no ser...

Quisiera... dejar de tener altas capacidades. Quisiera dejar de tener que contarlo como parte de mi identidad. Quisiera no tener que contarl...