martes, 16 de diciembre de 2025

Testimonio de G., sobre cómo su vida personal afecta a la universidad. Mochila de heridas.

Empecé la carrera en 2022 con una mochila más cargada de heridas que de libros. Venía de una relación que me cortaba las alas, que me encerraba en una jaula hecha de control y miedo. En casa, el amor también dolía. Un día era hija, al siguiente una extraña. De un divorcio nacieron dos nuevas vidas, como si todo pudiera recomenzar en una semana, mientras yo seguía con un duelo que nadie veía. Mi mejor amiga también se fue, y la familia que quedaba se volvió distancia.

Así llegué a la universidad como quien busca aire después de un naufragio, esperando que alguien me mirara sin juicio, que alguien se quedara. Intenté hacer amigos, pero mis grietas hablaban antes que yo. Me refugié en el alcohol, no por diversión, sino por descanso. Por unas horas, el ruido se callaba y podía reír sin pensar. Hasta que una noche, ese refugio se convirtió en veneno: fui víctima de un abuso sexual, y sentí cómo se rompía la poca confianza que me quedaba en mí y en los demás.

Desde entonces, la palabra “confío” se volvió un eco lejano. Aun así, conocí un grupo que me vio sin miedo, que sostuvo mis ataques de ansiedad y me escuchó sin corregirme. Con ellos sentí que pertenecía, aunque el miedo al abandono me hizo alejarme otra vez.

Aun con todo, algo empezó a sanar. Aprendí a mirar mis heridas sin huir, a pedir perdón por lo que hice desde el dolor, a transformar la culpa en aprendizaje. En las clases, entre proyectos y palabras, descubrí que podía convertir el dolor en propósito, que mi historia, por rota que fuera, también podía construir algo bello.

Ahora uno de mis parientes lucha contra el cáncer, y aunque la vida sigue poniendo pruebas, me reconforta saber que el profesorado me ve, que me pregunta cómo estoy; y que ese gesto sencillo me recuerda que no estoy sola. Porque lo más importante en una comunidad no es que te salven, sino que te hagan sentir acompañada, que tu voz, con todas sus grietas, también merece ser escuchada.

Tal vez algún día yo sea esa persona que ve lo que otras no ven y que da voz al silencio.

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